Albert·cuento

LA FOTO DE GRUPO

Era consciente de que el sueño se estaba apoderando de mí pero aún tuve tiempo de ver cómo la flecha que Paris lanzaba se clavaba profundamente en el talón de Aquiles, , con todo el odio y la rabia que podía transmitir Orlando Bloom, y también vi la mirada líquida de Brad Pitt destilando sorpresa y resignación. El rostro agradable de Aurora y los ojos oscuros de Aquiles Papadopoulos el Aquiles de verdad, entraban y salían de mi memoria, en aquellos instantes en que la consciencia está al borde de la oscuridad.

Aurora era una buena amiga. La conocí una noche de verano dos años atrás. Hacía mucho calor y Carlos, mi compañero entonces, me propuso ir a un cine al aire libre. Fue allí, en los fosos de Montjuich, al terminar la proyección de La joven de la perla, donde la vi por primera vez. Ella estaba con dos amigas, de las que no recuerdo sus nombres. Había compartido rellano con Carlos, cuando él vivía con sus padres en un piso de la calle Bailén. Aquella noche fuimos todos juntos a  “El ascensor”, un pub cerca de la catedral. Aurora y yo, sin una causa concreta, congeniamos y, desde entonces, nos hemos ido viendo esporádicamente, al margen de que mi historia con Carlos terminara con llanto y crujir de dientes. Mi relación con Aurora es solo amistosa y consiste en salir alguna tarde, generalmente al cine o a una exposición y a tomar una copa o, a veces, como cuando éramos adolescentes, paseamos devorando un bocadillo de frankfurt por las callejas del barrio gótico.

 

Aurora vive sola en un piso pequeño pero muy agradable. Está en la misma esquina de la Gran Vía con Aribau, justo encima de donde había estado una famosa horchatería, creo que se llamaba “La Jijonenca” o “La Valenciana”. Las ventanas dan a la Universidad y a la plaza. A media tarde estaba frente a su casa. Habíamos quedado en ir al Renoir Floridablanca para ver Scoop  –Aurora es una gran admiradora de Woody Allen–, pero, al parecer, en el último momento había decidido quedarse en casa. No obstante, cuando me llamó para cancelar la cita había insistido en que nos viéramos y me invitó a un té verde con galletas.

Mientras ella preparaba el té verde aproveché para husmear por las estanterías. Me sorprendieron algunos de los títulos de los libros que allí descansaban y me asaltó la sospecha de que, quizás, no conociera a Aurora tan bien como creía. El desorden temático era considerable, libros de autoayuda se mezclaban con novelas históricas y, lo más sorprendente, la filosofía era el tema estrella en aquellas estanterías. Me llamó la atención especialmente una hermosa crátera de volutas que destacaba en el centro del mueble. Aquiles daba muerte a  Héctor ante las puertas de Troya sobre el fondo negro de la cerámica.

–Hace días que estoy archivando fotos y recuerdos de viajes– me dijo desde la cocina.

–Yo soy un desastre. Lo tengo todo en cajas.

–Justamente éstas que hay en la mesa son de uno de los viajes que me dejaron mejor recuerdo. A Grecia.

–¿A Grecia? ¿Cuándo fuiste tú a Grecia?

–En junio de hace… ¿tres?… sí, tres años. Un viaje organizado –me quedé inmóvil, dejé en su sitio un ejemplar de A la felicidad por el zen y, aparentando desinterés añadí:

–¡Qué casualidad! Yo también estuve en Grecia hace tres años.

Aurora sacó la cabeza por el dintel de la puerta de la cocina y se me quedó mirando con curiosidad. Luego se acercó a la mesa al tiempo que decía:

–Bueno, no creo que fuera en el mismo viaje, mucha gente va a Grecia, estuvo muy de moda por entonces. Mira, esta foto es la del grupo completo, había gente de Barcelona y algunos vascos. Este de aquí era un griego muy guapo que nos hacía de chofer y guía. Se llamaba Aquiles Papa… nosequé. Y ¿sabes? Me lo ligué… bueno, mejor… estuve a punto de ligármelo. De hecho me asusté y la última noche del viaje, después de haber aceptado su invitación, al final no me atreví y le dije que estaba enferma. ¡No sabes la de veces que me he arrepentido! –dijo, mientras volvía precipitadamente a la cocina al oír el silbido de la tetera. Poco después salió cargada con una bandeja negra llena de cosas que dejó sobre la mesa.

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Tragué saliva y no dije nada. Cogí una galleta de chocolate y me la puse en la boca. Había reconocido a Aquiles Papadopoulos, y a mí mismo en aquella foto. El de la camiseta azul de la segunda fila era yo, sin duda. Había coincidido con Aurora en el mismo viaje, solo que entonces no nos conocíamos todavía. “Aquiles Papadopoulos… ¡Menudo cabrón!”, pensé. Aún faltaba una última sorpresa. Aurora giró la foto y pude ver escrito a mano un poema:

»Como un hombre desde hace tiempo preparado

»saluda con valor a Atenas que se marcha.

»Y no te engañes, no digas

»que era un sueño, que tus oídos se confunden,

»quedan las súplicas y las lamentaciones para los cobardes,

»deja volar las vanas esperanzas,

»y como un hombre desde hace tiempo preparado,

»deliberadamente, con un orgullo y una resignación

»dignos de ti y de la ciudad

»asómate a la ventana abierta

»para beber más allá del desengaño,

»la última embriaguez de ese tropel divino,

»y saluda, saluda a Atenas que se marcha.

–Me lo escribió Aquiles cuando nos despedimos, me dijo que lo había compuesto para mí. Fue muy romántico –terminó con ojos soñadores.

Aurora, evidentemente, no había reparado en que yo tambien estaba alli, justo detrás de ella en la foto, en realidad era lógico, en las navidades del mismo año del viaje a Grecia, tuve una caida con desagradables consecuencias para mi barbilla y desde entonces llevo puesta mi famosa barba rizada. Repasamos unas cuantas fotografías más del viaje mientras tomábamos el té y las galletas. Al cabo de un rato y después de hablar de cosas intrascendentes, me despedí alegando una cena en casa de mis padres.

Ya en casa, me senté en el sillón pensativo. Esa tarde, tomando el té con una amiga, había cerrado de forma lamentable una de las historias más idealizadas de mi vida sentimental. Tres años después de aquel viaje, había comprendido que yo no había sido el amor imposible de un ser excepcional. Me había enterado de que, en Atenas, sólo fui  un plato de segunda mesa, el plan alternativo de un seductor aficionado, al que daba igual un hombre que una mujer. Un farsante que solo quería cumplir con el cupo que se había impuesto a sí mismo de una seducción, como mínimo, por cada grupo turístico al que guiaba por la Acrópolis y el cabo Sunion.

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Me parecía imposible haber caído en aquella trampa. Aquiles también había escrito en el dorso de mi fotografía de grupo el mismo  poema de Kavafis. Poema que yo reconocí al instante, así como el astuto cambio de Alejandría por Atenas, pero recuerdo que me lo tomé con benevolencia e incluso con placer y decidí no descubrirlo.

Me invadió un poso de melancolía. Preparé una cena fría con un vasito de vino blanco. No tenía ganas de leer y encendí la televisión. Pasando canales vi que en uno de ellos daban Troya con Brad Pitt en el papel de Aquiles, mientras que en otro, casualmente, pasaban La pasión turca. Me fue imposible reprimir una blasfemia silenciosa. Opté por Aquiles y sus mirmidones y en uno de los intervalos publicitarios saqué del cajón del escritorio la fotografía. Mi fotografía. Era la misma exactamente, allí estaba Aurora, con su vestido blanco y gafas de sol y en la última fila, con su polo negro, un sonriente y realmente atractivo Aquiles. Al dorso pude volver a leer:

 

»Como un hombre desde hace tiempo preparado

»saluda con valor a Atenas que se marcha.

»Y no te engañes, no digas

»que era un sueño, que tus oídos se confunden…

Cerré los ojos y me recliné en el respaldo del sillón, lentamente el sueño me venció justo cuando Aquiles mordía el polvo en la pantalla.

Tampoco me importó demasiado.

Albert.

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Albert·Fotografía

BERENICE ABBOTT O EL REALISMO SIN ADORNOS

A lo largo del siglo XX transcurrió la vida y obra de una de las artistas más influyentes en el arte fotográfico: Berenice Abbott.

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Nacida en 1898 en Springfield, una ciudad del estado norteamericano de Ohio, muy joven se inició en el arte al trasladarse al Greenwich Village de Nueva York que en aquellos años (década de los 20) estaba en plena efervescencia artística. En esos años todavía no había descubierto la fotografía como arte y estaba estudiando escultura mientras posaba como modelo para ganarse la vida. No fue hasta su traslado a París en 1921, con 23 años, cuando tuvo su bautizo fotográfico a través de Man Ray, consagrado fotógrafo americano que tenía estudio en París y le dio trabajo como ayudante y actuando como un pigmalión le enseñó los fundamentos del arte y la técnica fotográficos, al que Berenice se dedicó el resto de su vida con un éxito arrollador, primero en París donde retrató a la mayoría de los intelectuales que poblaban la bohemia de aquellos años en la ciudad-luz. Tuvo tanto éxito que eclipsó a su mentor montando un estudio propio financiado por la multimillonaria-mecenas-descubridora de talentos en bruto, Peggy Guggenheim.

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Peggy Guggenheim
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Jean Cocteau

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Djuna Barnes

 

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Janet Flanner

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue en París donde Berenice conoció la obra y la persona de un fotógrafo, prácticamente olvidado, pero de una enorme calidad y que fue para Berenice el descubrimiento de una clase de fotografía que la llevó a cambiar su estilo e incluso de lugar de trabajo. Cerró el estudio parisino y se lanzó a la aventura americana volviendo a Nueva York. El cambio en su estilo fue claramente influenciado por Eugène Atget, pues así se llamaba el pintor francés que provocó el terremoto estilístico.

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Eugène Atget fotografiado por Berenice

 

Atget murió poco después de ser conocido y fotografiado por Berenice, pero ella pudo adquirir una parte del fondo de negativos de la obra de Atget y se dedicó en cuerpo y alma a reivindicar el talento casi desconocido del francés y gracias a su esfuerzo hoy día Atget es reconocido como uno de los grandes de la fotografía de principios del siglo XX.

Desde el punto de vista estilístico, la obra de Atget estaba dirigida principalmente a preservar la memoria del París que estaba a punto de desaparecer bajo la piqueta de la modernidad. Ese fue precisamente el chispazo que provocó a Berenice un cambio total con respecto a la fotografía que había estado trabajando hasta entonces, ese chispazo le hizo volver a Nueva York en 1929 para hacer lo mismo que Atget había hecho en su París: preservar la memoria de los lugares que estaban a punto de desaparecer con los enormes cambios sociales y la construcción de una ciudad nueva que Berenice intuía que estaba ya en marcha.

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Vestíbulo de una estación del  metro de Nueva York

 

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Nueva York en construcción

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Bolsa de Nueva York
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Vestíbulo de la estación
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Nueva York de noche

Así fue que cambió los retratos por una magnífica colección de fotografías que muestran la realidad del Nueva York de aquellos años de la Gran Depresión y los posteriores hasta los inicios de la década de los 60.

“Realismo sin adorno” era la fotografía de Berenice en Nueva York igual que la de Atget en París.

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Escribir una leyenda
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Nueva York en los años 30 en vías de desaparición

 

Ya en los años 60, Berenice Abbott, se dedicó a la fotografía científica por un encargo del Instituto Tecnológico de Massachusets con la intención de publicar libros de enseñanza de física a los alumnos. Posteriormente, se dedicó a fotografiar los Estados Unidos, carreteras y pueblos pequeños alrededor de la cultura del automóvil que imperaba ya en el inmenso país.

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Fotografía científica de Berenice Abbott
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De la colección sobre la cultura del automóvil tomada en Daytona 

 

A partir de los años 70 obtuvo reconocimiento universal con multitud de exposiciones, principalmente en los Estados Unidos pero también en Europa, asimismo existe una importante cantidad de obra gráfica publicada.

Falleció en 1991, a los 93 años, en su casa de Monson, en el estado de Maine.

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Berenice Abbott en Maine en sus últimos años

 

Desde el punto de vista personal, fue una mujer muy activa, con gran personalidad y sin prejuicios. Vivió treinta años con su compañera sentimental desde 1935: Elizabeth McCausland, una crítica de arte a la que conoció en el Greenwich Village y en la que tuvo siempre un gran apoyo en los años en que desarrolló su obra principal

 

 

 

 

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Albert·Cine

¿INVENTÓ LOUIS LE PRINCE EL CINEMATÓGRAFO?

El día 14 de octubre de 1888, en el jardín de una antigua mansión inglesa, cerca de la ciudad de Leeds ocurrió un hecho singular y un tanto desconocido para el gran público que durante décadas ha llenado las salas cinematográficas disfrutando de la actividad lúdica más importante de los siglos XX y XXI.

Es del dominio público que el cinematógrafo lo inventaron los Hermanos Lumière en 1892, con la controversia de que Thomas Edison lo inventó en 1891. Es cierto que el cine, como lo hemos entendido durante todos estos años, es decir una representación de imágenes en movimiento proyectadas en una pantalla y con la presencia de espectadores después de pagar su entrada, es un invento de los Lumière. La invención de Edison, el llamado kinetoscopio, era muy diferente y no prosperó, básicamente porque el visionado era individual y no cumplía una de las características principales del cine tal como lo entendemos: el cine siempre ha sido una actividad social si bien la evolución del medio hace que volvamos al origen, a la invención de Edison, ya que hoy día, con la deserción de las grandes masas de las salas de proyección, se podría entender que todos tenemos un kinetoscopio en casa para el visionado individual en pantallas de televisión y de ordenador. No es exactamente así ya que sigue existiendo la posibilidad de ver cine en grupo más reducido, familiar y también se mantienen los grandes estrenos mundiales con multitudes expectantes. Aunque esta cuestión es suficientemente importante no es lo que queremos presentar hoy aquí.

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Primera filmadora de 16 lentes construida por Le Prince 
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Filmadora de una solo lente con la que Le Prince filmó sus películas

 

La primera vez que alguien consiguió filmar y proyectar imágenes en movimiento fue en la fecha indicada al principio. El 14 de Octubre de 1888 en el jardín de su casa familiar, un industrial francés llamado Louis Aimé Le Prince filmó el movimiento, una especie de danza de cuatro personas de su familia. Es una grabación minúscula, de tres segundos de duración pero tiene el mérito de ser la primera de la historia. Es la grabación conocida como “Roundhay Garden Scene”. Posteriormente, Le Prince filmó dos escenas más, “El puente de Leeds” rodada en el exterior y “El acordeón” una pequeña danza de su hijo Adolphe tocando ese instrumento en la misma mansión de Roundhay. Le Prince consiguió sus filmaciones con una cámara de una sola lente, evolución de su primera cámara de 16 lentes que no pudo desarrollar debido a su complejidad. Constituye prueba suficiente de la autenticidad de las fechas el hecho de que en la filmación del Roundhay Garden aparece la propia suegra de Leprince como uno de los personajes danzarines y consta su fallecimiento unos días despues de la filmación.
El motivo de que el éxito de su invento (cuatro años antes que el invento de los Lumière) no desarrollara una carrera competitiva con Edison y los Lumière, probablemente forma parte de la historia oculta del espionaje industrial. El 16 de setiembre de 1890, dos años después de la filmación, cuando Le Prince volvía de los Estados Unidos, cargado con los planos y un prototipo de su cámara, desapareció misteriosamente en el expreso de Marsella y antes de llegar a París. Nunca se volvió a saber de él ni del material que llevaba consigo. Había subido al tren en Dijón donde vivía su hermano y cuando el tren llegó a París, después de 300 kilómetros, Le Prince había desaparecido. Un año después Edison presentaba su kinetoscopio y al año siguiente los Lumière su cinematógrafo.

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Thomas Alba Edison, el inventpr americano
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El Kinetoscopio, el invento de Edison

El cine, como la mayoría de los inventos importantes, no fue obra de una sola persona, se materializó por el ingenio y el esfuerzo de varios inventores en diferentes países que, peldaño a peldaño fueron subiendo la escalera hasta que uno, en este caso, los Lumière llegaron al final. Este post es en homenaje a uno de los pioneros del cine, el primero que obtuvo imágenes en movimiento y que no tuvo el reconocimiento que merecía por causas que todavía hoy se desconocen.

 

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Tren filmado por los Lumière en la estación de La Ciotat. En uno parecido desapareció Le Prince entre Dijón y París.

Filmación de Le Prince, su propio hijo tocando un acordeón en Roundhay Garden.

 

 

Filmación de Le Prince. Imágenes del tráfico en el puente de Leeds.