Albert·cuento

UNA MALA ELECCIÓN

La había conseguido. Le costó una barbaridad pero por fin la tenía. El año anterior se había quedado con un palmo de narices. Lo intentó por Internet y fracasó, estuvo a un paso del ataque de nervios. Pero esta vez la tenía. No se lo podía creer. Una entrada para ver y oír al Boss en julio. En el Camp Nou. Iba a ser una pasada. Bien es cierto que tuvo que madrugar y pasar un frío tremendo, allí, en la Plaza de Catalunya, a la tres de la madrugada. No habían puesto ni las calles todavía. Pero había valido la pena. Mintió a su mujer. Ella no  entendería tanto sacrificio para oír a un tío berrear. Peor para ella. Es una religión. La secta del Boss.

 

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Oriol estaba realmente contento con su tesoro. Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue buscar un lugar seguro. No la podía llevar encima por si acaso le robaban la cartera. Le podían quitar la pasta o las tarjetas pero no la entrada, eso era sagrado. En casa pensó en un lugar en el que no hubiera la menor posibilidad de que su mujer la encontrara. No era un tema fácil. Su mujer, una obsesa del polvo, no soportaba polvo en los muebles y todo lo revolvía. Al fin dio con el escondite perfecto.  Decidió buscar un libro en el que su mujer no se fijara en ningún caso y poner la entrada en la página 187. El concierto iba a ser el 18 de julio y eso no podía olvidarlo. Pero ¿En cuál de los libros? Buscó entre los de la estantería superior y pronto lo tuvo claro. Una edición en rústica del Círculo de Lectores de El conde de Montecristo era el ideal. Se lo había regalado su hermano para San Jordi y su mujer lo había intentado leer dejándolo inmediatamente. Alegaba que la letra era muy pequeña, pero él sabía que el problema era el peso. Ella leía en la cama y los libros tan grandes le eran incómodos. Era el escondite perfecto.

El día del concierto, Oriol estaba exultante, estaba todo preparado. En el maletero del coche ya tenía la bolsa del tenis y dentro había colocado bien doblada la chupa de cuero, los vaqueros y las botas de media caña. La coartada era una cena con un cliente y a media tarde se dirigió a su casa para coger el coche y por supuesto la entrada. Cuando miró la estantería el corazón le dio un vuelco. El libro no estaba en su sitio. Se tomó unos segundos para que la voz no delatara su angustia:

  • ¡Cariño! ¿No sabrás por casualidad dónde está “El conde de Montecristo”? Es que me lo ha pedido un compañero y…
  • ¿Ese libro horrible? No, ni idea.
  • ¡Princesa! – dijo Oriol con la voz un tanto alterada- ¡Haz memoria! Ayer estaba aquí y yo no lo he tocado. Tienes que saber … No hay nadie más en esta casa –la voz ya era un gañido-
  • Ah! ¿Sabes que puede haber pasado? Mi hermana se va esta tarde a Manila y me ha pedido algo para leer en el avión. Es un viaje muy largo. Le he dicho que podía coger el que quisiera. Debe haber escogido… ese libro. Y vaya capricho porque con lo que pesa no se…

Oriol no la dejó terminar zarandeándole los hombros y completamente desencajado le gritó:

  • A qué hora… !A qué hora sale su avión! ¡Por Dios! A qué hora…
  • ¡Me haces daño, Oriol! ¿Qué te pasa? ¿A qué viene tanto alboroto por ese libro?
  • Cuándo sale tu hermana. ¡Joder, Marta! ¿A qué hora sale?
  • ¿Pero qué ocurre? No sé…A las siete… me parece que me ha dicho.

Oriol salió corriendo y su mujer se quedó frotándose los brazos con cara de no entender nada.

En el avión de Alitalia que salía puntualmente del Prat con destino Manila y escala en Roma, el marido de la hermana de Marta le dijo bajito y a la oreja:

– ¿Has visto a ese tipo que está corriendo por la pista? Se parece a tu cuñado ¿Quieres decir que no es Oriol? ¡Joder! Creo que intenta parar el avión ¡Está loco!

  • Pero, ¿Qué dices Paco? Si Oriol es un tío muy legal. ¿Cómo va a ser …? Oye,  pues ahora que lo dices,  sí que se le parece bastante, sí …

 

 

Albert

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Albert·Cine

“LA PUERTA DEL CIELO” UNA PELÍCULA MALDITA

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En el Hollywood de los años 70, se había afianzado un sistema de producción en el que primaban los autores por encima de los productores. Era la época en la que realizadores como Coppola con “Apocalipsis Now”, Hal Ashby con “Shampoo” o Robert Altman con “Nashville” y “Popeye”, se excedían en los presupuestos sin importarles la relación coste-beneficio. “No molesten con facturas, el director está creando” era la frase que flotaba en el aire de la Meca del Cine antes de los 80.
No es casualidad que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca en el 81 para que todo cambiara.
Las productoras necesitaban recobrar el control de las películas quitándoselo a los directores-estrella que les estaban llevando a la ruina, bueno tampoco a la ruina, pero no producían los beneficios que el capital quería obtener y de paso tocaban temas comprometidos que al capital no le gustaba.

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Los padres de United Artists: Fairbanks, Pickford, Chaplin y Griffith

Una de las principales productoras era United Artists. Su origen se encontraba en la época anterior al sonoro, había sido fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W.Griffith con la intención de plantar cara a los grandes estudios de Hollywood. El camino de esta productora, un camino de éxito ya que era una de las principales desde la Edad de Oro del cine, se truncó violentamente con la película que comentamos aquí: “La puerta del cielo” de Michael Cimino. Se trata de una película que resultó ser muy cara, aunque nada comparado con las de años posteriores, no obstante el fracaso fue de tal magnitud que llevó a la ruina a la United Artists. Todo se confabuló en contra de ella, su coste, la baja recaudación, las críticas demoledoras a pesar de que se trata de un film excelente. La pel·lícula merece adjetivos de todo tipo: faraònica, monumental, épica, intimista, arriesgada, contestatària, comprometida y excesiva però también hermosa, de una belleza impactante, aunque la palabra que la describe mejor es maldita.

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Cimino era un director joven que había dado en el clavo con una película del año 78: “El cazador” con éxito de crítica y con grandes recaudaciones.
“La puerta del cielo” por el contrario naufragó, por las circunstancias comentadas pero probablemente también porque su fracaso le iba de perlas a la industria del cine, en general, e incluso a la sociedad norteamericana. Durante los años 60 y gran parte de los 70, el cine, aupado por las revoluciones culturales hippies le dio la manija a un grupo de directores que apostaban por el Arte en mayúscula, cuando el arte y la taquilla iban de la mano. Fue quizás la última época en la que el cine era arte. A partir de “La puerta del cielo” y su naufragio, los productores tuvieron las manos libres para la infantilización cinematográfica que todavía nos inunda.

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Michael Cimino en el rodaje

“La puerta del cielo” muestra la cara sucia del sueño americano tomando como argumento principal la plasmación en la pantalla de un oscuro episodio histórico de exterminio de emigrantes por parte de los grupos aposentados con el consentimiento de las instituciones. Se trataba de un argumento arriesgado que Hollywood no hubiera demonizado sólo un par de años antes, pero los ochenta ya había llegado y como hemos dicho, Reagan a punto de aparecer y con él un cambio considerable en la sociedad.

La película tenía todos los ingredientes para ser lo que es en realidad, una magnífica película que nació en un momento equivocado. La realización es exuberante pero excelente igual que las interpretaciones, la música, la fotografía, la decoración. Planos llenos de figurantes, lentas y largas secuencias construidas sobre música y bailes, cine en estado puro que se convierte en fracaso por razones que no son cinematográficas.

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“La puerta del cielo” fue la última y mejor gran película desmitificadora de un estilo de cine que ya no existe. Es importante recuperarla. Si no la habéis visto no os la perdáis.

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Estas dos secuencias musicales, sin palabras, están filmadas espléndidamente y dan una idea de la calidad lírica de las imágenes de Cimino.

 

 

 

Albert·Fotografía·Literatura

LEWIS CARROLL Y ALICIA

Se llamaba Charles Lutwidge Dodgson y era natural de Daresbury (Inglaterra). No es muy conocido por su nombre real pero si decimos que se trata de Lewis Carroll, todo el mundo sabe quien es. Era un hombre de su tiempo con una mente privilegiada, un gran matemático, extraordinario fotógrafo y escritor de unos pocos libros. Es relevante que su fama mundial se deba a dos libros, aparentemente infantiles muy distintos de las publicaciones para niños de su época. Su “Alicia en el país de las maravillas”,  publicado en 1865, y su secuela “Alicia a través del espejo” son iconos de la literatura universal.

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“¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí? -Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar, dijo el Gato. No me importa mucho el sitio, respondió Alicia. Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes, le contestó el Gato. 

“Empieza por el principio – dijo el Rey con gravedad – y sigue hasta llegar al final; allí te paras.”

 

Es un ejemplo del universo delirante de criaturas extrañas, mágicas, dotadas de un cierto surrealismo y un gramo de locura. Conejos, gatos, personajes de los naipes,envuelven a Alicia en su recorrido extravagante. Con ilustraciones originales de John Tenniel, su obra traspasó fronteras y aún hoy día tiene validez. Una peculiar combinación de fantasía y disparates añadiendo paradojas matemáticas convirtieron a su obra, al igual que en la continuación “Alicia a través del espejo” en dos clásicos de la literatura infantil(!) pero, por su complejidad, más adecuados a un público adulto con un nivel de inteligencia considerable.

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Jorge Luis Borges ya dijo, con referencia al extraño y onírico mundo de Alicia y de su creador:

Alicia sueña con el rey rojo, que está soñándola y alguien le advierte que si el rey se despierta ella se apagará como una vela, porque no es más que una parte de un sueño, dos sueños en uno solo que parecen bordear así la pesadilla”

 

En su peculiar universo, Carroll encuentra las infinitas posibilidades del mundo soñado donde la imaginación es más libre.

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Carroll era también un extraordinario fotógrafo y así fue en los albores de esta ciencia, quedó tan fascinado que sufrió una crisis personal cambiando su forma de ser y sus creencias religiosas e íntimas, dando mayor valor a la belleza y a la inocencia que al pecado tan perseguido por la ferrea moral victoriana imperante en su época y en su país. Paralelamente a su desarrollo artístico en su estudio fotográfico (colaboró con reputados artistas como Millais, Rossetti o Tennyson) la fotografía le creo un cúmulo de sinsabores por su afición a tomar como modelo a niñas de vecinos y conocidos, adquiriendo una cierta fama de pederasta, si bien a finales del siglo XIX no era inusual utilizar fotografías de niños y niñas desnudos, incluso para aparecer en postales navideñas. En el contexto de aquella época su afición no era tan extraña, no obstante las habladurías hicieron mella en su ánimo de tal modo que abandonó completamente la fotografía y se dedicó preferentemente a la enseñanza, a la religión y a la literatura. Su personaje de Alicia, inspirada en Alice Liddell, una de las hijas del deán de Christ Church, forma parte indeleble de la cultura popular.

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Lewis Carroll era también un gran matemático. En muchos de sus cuentos aparecen juegos de lógica, cifrados extraños, algebra y geometría. Dominaba el mundo de las palabras, las inventaba, jugaba con los nombres y las letras en una sintonía extraña para los adultos pero reconocible por los niños. Una especie de dadaista o surrealista avant la lettre

Lewis Carroll fue ordenado diácono en la Iglesia Anglicana y enseñó Matemáticas y Lógica a tres generaciones en Oxford. Una vez superadas las crisis fotográficas, su vida transcurrió con tranquilidad y se apagó a los 66 años  poco antes de entrar en el siglo XX.

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