Albert·Poesía

MANUEL ALTOLAGUIRRE (GENERACIÓN DEL 27)

En 1927, en el Ateneo de Sevilla se organizó un homenaje a Luis de Góngora para conmemorar el tercer centenario de su muerte. Una grupo de poetas españoles se agruparon para la ocasión tomando el nombre de ·”Generación del 27”. Se trata de un grupo heterogéneo de poetas significados nacidos todos alrededor del principio de siglo. Entre los más mayores destacan: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego o Federico García Lorca, entre otros, todos nacidos antes de terminar el siglo XIX y los más jóvenes, nacidos después de iniciarse el siglo XX, como Luis, Cernuda, Rafael Alberti. María Teresa León hasta llegar al más joven de todos: Miguel Hernández nacido en 1910. Entre estos se encontraba un poeta malagueño nacido en 1905 de nombre Manuel Altolaguirre Bolín.

Altolaguirre es considerado por algunos críticos como un poeta menor, lo cual es cierto ante la gigantesca estatura de un Salinas o un García Lorca, no obstante Altolaguirre destacó, además de como poeta, como editor. Fue uno de los fundadores de la famosa revista “Litoral” que sirvió como altavoz de su generación. Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, entre otros encontraron en sus páginas un lugar para publicar y divulgar su obra poética.

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Manuel Altolaguirre no tuvo la popularidad y también hay que decirlo, la calidad de un Salinas o García Lorca, pero por contra, sus intereses eran más variados y acorde con la modernidad del momento. Fue guionista, director y productor de cine. Falleció prematuramente a los 54 años en un accidente de automóvil.
Su producción poética no es demasiado extensa y un tanto irregular pero es cálida y romántica influenciada directamente por Salinas y Juan Ramón. Como para la mayoría de los integrantes de su generación los clásicos también tuvieron importancia en su obra, principalmente Góngora. En su obra predominan los versos cortos y las estrofas de raíz tradicional. Instalado un tiempo en Londres donde editó libros y la revista literaria bilingüe “1616”, año de la muerte de Shakespeare y de Cervantes. Cuando estalló la Guerra Civil se exilió a Francia, después a Cuba y finalmente se instaló en México donde fundó la Editorial Isla en la que publicaría autores clásicos y

contemporáneos.

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Entre sus obras como poeta y escritor destacan, entre otras, las antologías de poemas “Las islas invitadas”, “Nube temporal” y “Fin de un amor”. También escribió algún guion para el cine que dirigió Buñuel, una obra de teatro y tradujo a Pushkin y a Shelley. A su muerte inesperada dejó inconclusa la novela “El caballo griego” que se publicó parcialmente en 1958.

Manuel Altolaguirre podría considerarse un poeta menor, pero su actividad, como poeta y sobretodo como editor tuvo relevancia para sus compañeros de generación.

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Como muestra de su estilo poético dejo dos de sus poemas románticos. Me recuerdan a Salinas, un poco más conciso pero, para mí, resiste la comparación.

LAS CARICIAS

¡Qué música del tacto
las caricias contigo!
¡Qué acordes tan profundos!
¡Qué escalas de ternuras,
de durezas, de goces!
Nuestro amor silencioso
y oscuro nos eleva
a las eternas noches
que separan altísimas
los astros más distantes.
¡Qué música del tacto
las caricias contigo!

 

TU SOLEDAD TE DEFIENDE…

Tu soledad te defiende,
te limitan tus miradas,
que yo sé que tu alma llega
adonde tu vista alcanza,
adonde llegan tus sueños,
adonde tu amor acaba.
Este viento no es el viento,
es tu soledad alterada,
es tu aire que revuela,
es que alborota tu gracia.
Son tus ojos que acarician
transparencias y esperanzas,
agua de lagos y ríos,
verdores de esbeltas ramas.
Es tu soledad valiente,
defensora de tu alma.

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Pablo Neruda en el centro con algunos miembros de la Generación del 27: de izquierda a derecha, José Bergamin, Rafael Alberti,  Neruda, Luis Cernuda y Manuel Altolaguirre

 

 

Albert·Música

EL POETA MALDITO DEL JAZZ: CHET BAKER

El  23 de diciembre de 1929, nacía en Yale (Oklahoma) un mito del jazz: Chesney Henry Baker Jr. Conocido por el nombre artístico de Chet Baker.

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La música de Baker es profundamente triste y seductora. El  trompetista y vocalista, uno de los  más geniales y al mismo tiempo atractivos de la historia, tenía un don,transmitía emociones intenses a través del viento que pasaba por su trompeta como un último aliento, oirlo y verlo en directo era una experiència inolvidable para el que hubiera tenido la suerte de presenciarlo. Su vida, en cambio, fue un desastre. Todo el talento que tenía como músico, toda esta capacidad singular, chocaban con una personalidad autodestructiva asfixiada por las adicciones. Como tantos genios del jazz, como Charlie Parker o Bill Evans, con los que compartió su música genial, se hundió con las drogas hasta el último escalón.

 

Chet cantaba y tocaba la trompeta al estilo del jazz de la Costa Oeste de los años cincuenta y con el tiempo recibiría la influencia de otro trompetista legendario: Miles Davis. Pero Chet, muy joven, antes de formar su grupo, ya había formado parte de dos conjuntos míticos. En el verano del 52 tocó con el grupo de Charlie Parker en el Tiffany Club de Los Ángeles y ese mismo verano le llamó Gerry Mulligan para una serie de actuaciones en el histórico club de jazz The Haig, en Hollywood, y grabaciones con el sello Pacific Jazz Records. Un año más tarde, ya con su grupo y empezó a alternar la trompeta con la voz.

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En esa época empezaron sus problemas con la droga, por los que ingresó varias veces a prisión en algunos países europeos y también sufrió una agresión brutal, de regreso a su país, probablemente por parte de algunos traficantes, paliza que le llevó al borde de la muerte y como consecuencia de la cual tuvo desperfectos en su dentadura que le obligaron a modificar la embocadura de sus instrumentos hasta el final.
La droga iba deteriorando sus facultades físicas pero no así su creatividad musical. Hasta su última actuación, Chet Baker hipnotizó a sus audiencias con su manera de tocar y cantar, única e irrepetible, lánguida, como abstraida, angel y demonio al mismo tiempo, que funcionaba especialmente bien cuando interpretaba baladas en las que era un auténtico maestro ya fuera soplando la trompeta o cantando con esa peculiar manera que, apenas musitando las palabras, parecía que la melodía se perdiera entre el humo de la audiencia que escuchaba extasiada.

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La madrugada del 13 de mayo de 1988, Chet Baker moría al precipitarse desde la ventana del tercer piso de un hotel holandés. Nadie pudo encontrar una explicación inequívoca. Pudo ser un suicidio, un accidente o un homicidio. En la habitación sólo se encontró la trompeta, cigarrillos, un reloj y unas monedas, era todo su bagaje material. Aquella noche, Chet Baker, el poeta maldito del jazz, descansó por fin a los 59 años de edad.

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Video de la grabación en Tokio, en 1987, del clásico “My Funny Valentine” del musical de Broadway “Babes in arms” y también de “Pal Joey” con más de 600 versiones de todo tipo de artistas. Una de las más importantes, la de Chet Baker. Si bien en esta grabación, Baker ya estaba en el ocaso de su carrera un año antes de su muerte todavía  se puede apreciar, además de su maestría con el instrumento su personal modo de cantar.

Y un standard del jazz, “So What”,  compuesto por Miles Davis que grabó en 1959 en el histórico “Kind of Blues”, para muchos críticos el disco más importante de jazz modal de todos los tiempos. Esta es la versión de un joven Chet Baker acompañado por músicos franceses:  René Urtreger al piano, Jacques Pelzer al saxo y Luigi Trussardi al bajo.

Y por último un Baker en plena forma graba en el 64 en Bélgica “Time after time” el standard compuesto por Jule Styne en el 47.

Albert·cuento

UN CUENTO DE VELAS Y CABALLEROS TEMPLARIOS

Habitualmente la tienda cerraba a las ocho de la noche, pero aquella tarde de noviembre, eran las diez y todavía permanecía abierta. El pasaje Pellicer era un lugar poco transitado a cualquier hora, pero en una noche como esa, fría y desapacible, estaba  desierto. Desde el exterior se podía ver al fondo de la tienda y sentado frente a una pequeña mesa de escritorio a Santiago Molner escribiendo con una pluma que mojaba en un tintero de baquelita. Se iluminaba con dos grandes velas azules situadas en los extremos de la mesa. El resto de la tienda estaba a oscuras pero, con luz, se habría podido ver que todo lo que en aquel lugar había eran velas. Cirios de todos los colores y tamaños, algunos encajados en candelabros delirantes, otros sueltos. Unos usados, otros por estrenar. La amalgama era impresionante pero no había sensación de caos, las velas parecían estar dispuestas en un orden cósmico, tenían un ritmo interno que hacía del  lugar, tanto de noche como de día, un espacio mágico.

Dos minutos después de las diez, por  el extremo del pasaje que daba a la calle Muntaner, una figura juvenil se acercaba a la tienda de Molner con paso enérgico. Llevaba un abrigo trescuartos de color oscuro que no permitía ver más que unos pantalones de hombre, pero los zapatos de tacón vertiginosos que calzaba y la melena rubia que se desbordaba sobre el cuello del abrigo permitían distinguir que se trataba de una mujer. En su mano derecha llevaba una bolsa de papel grueso de las que se utilizaban en los comercios  de ropa.

Cuando la joven llegó a la puerta de la tienda de las velas se detuvo y miró hacia el interior. Al ver a Santiago escribiendo, llamó con los nudillos en el cristal después de asegurarse, mirando a ambos lados, que no había nadie en la calle que pudiera verla entrar allí. Santiago levantó la mirada, dejó la pluma sobre la mesa, dobló el papel que estaba escribiendo, lo guardó en uno de los cajones y cerró con llave antes de levantarse para ir a abrir. ­

-Pase, la estaba esperando- le dijo haciéndose a un lado para dejarla pasar.

La joven no dijo nada, entró en la tienda y tras quitarse el abrigo, que dejó apoyado indolentemente en el respaldo de una silla, se sentó ante el escritorio de Santiago Molner. Este se sentó a su vez y mirando a los ojos a la mujer le dijo en voz baja, como si estuvieran en una iglesia:

-¿La trae?

La joven no respondió a la pregunta de Molner, sólo hizo una señal afirmativa con el movimiento de sus pestañas. El anciano cogió un libro muy antiguo que descansaba sobre su mesa y lo abrió señalando un grabado que ocupaba toda la primera página.

Martyr Molay

La noche del 18 de marzo de 1314, soldados franceses siguiendo órdenes directas del rey Felipe IV, llamado “el Hermoso” con el beneplácito del Papa de Roma, Clemente V, dispusieron una pira en la Ile de la Cité, cerca de la catedral de Notre Dame en París. Grandes haces de brezo seco untados con brea y aceite se apilaban al pie de un poste de madera de pino. En el enorme madero se veían unos grilletes negros donde apretaron los pies, las manos y el cuello de Jacques de Molay, último de los Grandes Maestres de la Orden del Temple. Cuando prendieron fuego a la pira, Molay soportó su martirio con entereza, no sin antes lanzar una maldición al rey y al Papa, como instigadores de su tortura y muerte, maldición que se vio cumplida punto por punto. Tenía setenta años.

La noche anterior, la del 17 de marzo, Jacques de Molay, sabedor de que la sentencia se iba a cumplir al día siguiente, pidió y obtuvo autorización para velar y ayunar en el Cuarto de las Reflexiones de la Torre del Temple, lugar donde había permanecido prisionero durante los últimos siete años. Estuvo orando toda la noche con la única iluminación de dos grandes velas blancas. Decía la leyenda que los cirios que le habían acompañado en sus últimas horas no se consumieron permaneciendo en su tamaño original. Después de que se cumpliera la sentencia, una de ellas, la que estaba más cerca de su mano derecha extendida toda la noche, fue entregada al Papa Clemente, al tiempo que le informaban de la maldición que el Gran Maestre lanzó, sobre él, antes de morir. Su rastro se perdió entre los inmensos tesoros del Vaticano. La vela que iluminaba el lado izquierdo de Jacques de Molay quedó en poder de la monarquía francesa y por orden expresa del rey estuvo expuesta en la capilla del castillo de Saumur sin ser jamás encendida. Su rastro desapareció en 1789. Y esta vela, la del lado izquierdo del Maestre Templario, es la que Santiago Molner estaba a punto de obtener de manos de su hermosa visitante en esa noche fría del mes de Noviembre.

 

La mujer se entretuvo unos segundos mirando el grabado que le ofrecía el anciano y, sin el menor comentario, de la bolsa de papel que llevaba extrajo un estuche largo de madera oscura, por el color parecía de caoba. Lo dejó sobre la mesa lentamente, daba la impresión de que sus manos tenían vida propia y no querían separarse de aquel objeto.

De la garganta de Santiago Molner surgió un sonido, parecía un suspiro aunque también podría ser un gemido. Alargó las manos hacia el estuche y su cabeza se inclinó como si hiciera una reverencia. Sin abrirlo lo estrechó contra su pecho tal como haría con  una criatura.

Estuvieron hablando en voz baja durante largo rato. La mujer sabía los intrincados caminos que había seguido aquella reliquia hasta llegar hasta allí. Le contó que después de los sucesos violentos ocurridos en Francia en 1789 alguien la ocultó en la cripta de la catedral de Chartres, donde permaneció hasta 1910 en que, para salvaguardarla de la guerra, la trasladaron a Cahors, a la iglesia de Saint Bathélemy. Durante la ocupación alemana de 1940 estuvo en paradero desconocido para evitar que cayera en manos de los nazis, y ya no reapareció hasta esta noche. La joven se negó a revelar el lugar donde había estado oculta los últimos setenta años. Finalmente se despidió y cogiendo su abrigo salió de la tienda a la oscuridad de la noche.

 

En los sótanos de su tienda, Santiago Molner se había hecho construir una cripta y la había decorado con toda clase de objetos que evocaban la iconografía del Temple. A la derecha de la puerta de entrada se alzaba imponente la figura de un guerrero cubierto con una cota de malla plateada, encima destacaba una túnica de lana blanca con una cruz roja en el pecho, capa blanca y yelmo cilíndrico. Un altar rústico en el centro de la estancia y una cruz de madera policromada colgada de la pared daban el tono religioso y místico necesario. La luz procedía de ocho enormes velas situadas en las paredes laterales como si fueran antorchas.

Santiago Molner bajó a la cripta llevando en los brazos el estuche de madera. Lo dejó sobre el altar y después de ponerse una túnica blanca muy similar a la que lucia el guerrero de la puerta abrió el estuche y sacó la vela. Era grande, de tosca factura y la cera tenía el tono gris que le había añadido el tiempo. Con movimientos lentos y reverenciales la introdujo en un candelabro de plata que estaba a la izquierda delante del altar. La encendió con una bengala y se puso de rodillas con los brazos en cruz. De la vela encendida se desprendía un humo amarillento y con olor a moho y humedad. Santiago Molner cerró los ojos y entró, sin poderlo evitar, en un ensueño.

El griterío de la muchedumbre le volvió a la realidad. No podía mover los brazos ni las piernas. El cuello le dolía. Podía ver las siluetas de las torres de Notre Dame cerca de donde se encontraba y el olor del humo que se desprendía de las antorchas embreadas llegó claramente a su olfato. Sin poderlo evitar, de su boca salieron claramente unas palabras:

 

           “Dieu sait qui a tort et a péché, et le malheur s’abattra bientôt sur ceux qui nous condamnent à tort. Dieu vengera notre mort. Seigneur sachez que, en vérité, tous ceux qui nous sont contraires par nous auront à souffrir” (*)

 

Los gritos de la gente cesaron de repente cuando las llamas se alzaban de la pira. El humo le impedía respirar y ver con claridad. Alzó los ojos al cielo y poco después perdió el conocimiento. Cuando el fuego prendió en su carne  todo terminó.

 

(*) “Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.”

 

Albert.