Albert·Literatura

STENDHAL, ¿NOVELISTA MODERNO O CRONISTA DE SU ÉPOCA?

“El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más bella de la vida”

Esta frase la pronunció un escritor francés del siglo XIX, Henry Marie Beyle, más conocido como Stendhal. Había nacido en Grenoble en enero de 1783. Era francés pero tuvo debilidad por la cultura y la idiosincrasia italiana. Llegó a Italia como militar del ejército de Napoleón en 1797 y quedó atrapado por el país, por su cultura, su arte y su música, hasta el punto de que, aún enterrado en el cementerio de Montmartre en París, había escrito personalmente su epitafio en italiano considerándose específicamente milanés.

«Arrigo Beyle, milanese. Scrisse, amò, visse Ann. LIX M. II. Morì il XXIII marzo MDCCCXLII»
(Henri Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió 59 años, 2 meses. Murió el 23 de marzo de 1842)

Tumba de Stendhal (París, Cementerio de Montmarte). / Foto ASR
Tumba de Stendhal (París, Cementerio de Montmarte). / Foto ASR

 

Stendhal, considerado el padre de la novela moderna por su estilo diferente y más avanzado que el de la mayoría de las novelas publicadas en su época, fue también cronista de su época ya que situaba a sus personajes en el centro de la historia y al mismo tiempo profundamente crítico con la sociedad de su tiempo. El ser tan crítico le llevó a no ser considerado por los escritores contemporáneos, con la honrosa excepción de Balzac.  Francés pero enamorado de la cultura italiana y residente en Italia los últimos doce años de su vida, vivió intensamente los acontecimientos históricos que se dieron en Europa en el paso del siglo XVIII al turbulento XIX y los describió precisamente en sus novelas. Conoció de primera mano las campañas militares napoleónicas (fue militar y diplomático activo) y también el ambiente intelectual y artístico de la sociedad francesa posterior a la Revolución.
Su obra es extensa, escribió muchos ensayos y artículos sobre arte y psicología pero es conocido y admirado sobre todo por dos novelas extraordinarias: “El rojo y el negro” y “La cartuja de Parma” a la que se podría añadir “Armancia” menos conocida.

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Estas obras, influidas por el espíritu romántico de su época, tienen también un sentido crítico considerable expresado en la psicología de sus personajes, principalmente sus héroes, tanto Julien, el arribista de “El rojo y el negro” como Fabrizio , el noble de “La cartuja de Parma” son personajes inmersos en el mundo que les rodea  pero aislados psicológicamente y enfrentados a las imposiciones de la sociedad. Son rebeldes y pretenden alcanzar la felicidad sin importarles lo que tengan que hacer para conseguirla. Esa postura personal, a la que estamos acostumbrados en la literatura posterior, era excepcional a principios del siglo XIX. Se puede considerar a  Stendhal como el primer escritor moderno por su  forma concisa y personal de escribir, describiendo espacios y  acontecimientos con un lenguaje muy realista. Stendhal fue sin duda uno de los primeros y más importantes escritores del “realismo” junto con su contemporáneo, paisano y amigo Balzac.

 

 

En el mundo de la medicina existe el “Síndrome de Stendhal”, fenómeno psicosomático con  taquicardias, vértigo e incluso alucinaciones cuando el paciente está frente a una acumulación de arte de gran belleza en un espacio corto de tiempo. Debe su nombre a que Stendhal fue el primero que lo describió al haberlo experimentado él mismo en la Basílica de la Santa Croce en Florencia y que publicó en su libro “Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio”

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“Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

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Poesía

PEDRO SALINAS, EL POETA DEL AMOR

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

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El joven Salinas

 

El poeta que mejor trató el amor de los de la Generación del 27 fue sin la menor duda, Pedro Salinas Serrano. Nacido en Madrid a finales de 1891 se exilió a Estados Unidos, al estallar la Guerra Civil, donde falleció en 1951, a los 60 años de edad.
La llamada Generación del 27 era un grupo heterogéneo de intelectuales y artistas de diferentes formas de expresión. No se trataba de un grupo de poetas o escritores, era mucho más amplio y no, por ello, menos profundo. No obstante el principal motor de esta generación era la literatura en sus diferentes formas, autores sobradamente conocidos como: Garcia Lorca, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Manuel Altolaguirre, Vicente Aleixandre y, por supuesto, Pedro Salinas fueron sus principales exponentes. Pero en otras formas culturales y artísticas, al margen de la literatura, también aparecen autores importantes de la misma generación, pintores como Dali, Remedios Varo o Ramón Gaya; cineastas como Buñuel; músicos como los hermanos Halffter o Jesús Bal.

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Algunos miembros de la Generación del 27. Salinas i Guillén en primera fila, al fondo Federico García Lorca 

“He tenido siempre un deseo de amor tan vivo, que por eso he sido poeta” así se expresaba el poeta en una de las cartas de amor que le mandó a Margarita Bonmatí con la que se casaría en 1915.

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Pedro Salinas ha sido unánimemente reconocido como el “poeta del amor” de la Generación del 27. En sus poemas se trata el sentimiento amoroso con gran sutileza. Más allá de anécdotas y detalles encuentra y describe su verdad de las relaciones sentimentales. Para Salinas el amor es una fuerza viva, ajena al sufrimiento, y que da sentido a todo enriqueciendo a su propio ser y al de la persona amada.

 

“Qué paseo de noche con tu ausencia a mi lado!                                                                                                                      

Me acompaña el sentir que no vienes conmigo”

 

En la obra de Pedro Salinas se marcan claramente tres etapas:
-Hasta 1932 los temas amorosos no tienen apenas importancia, solo son apuntes para el futuro. La poesía de esa época está influenciada por el vanguardismo imperante en Francia
-Desde el 33 hasta el 39 desarrolla lo más fecundo de su obra en una trilogía claramente amorosa: ”La voz a ti debida”, “Razón de amor” y “Largo lamento”. Estas tres obras escritas sin rima pero con gran pureza en el lenguaje utilizado constituyen la etapa de plenitud y todas están inspiradas en la relación que mantuvo con una estudiante norteamericana, Katherine Withmore que conoció en Santander y que continuó en forma epistolar cuando ella regresó a su país.

 

A partir del 40 y hasta su muerte en el 51, Salinas abandonó el tema amoroso por la realidad del entorno: extensos poemas sobre el mar o sobre la bomba atómica.

¡Cómo me dejas que te piense!
Pensar en ti no lo hago solo, yo.
Pensar en ti es tenerte,
como el desnudo cuerpo ante los besos,
toda ante mí, entregada.
Siento cómo te das a mi memoria,
cómo te rindes al pensar ardiente,
tu gran consentimiento en la distancia,
y más que consentir, más que entregarte,
me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas
recuerdos en escorzo, me haces señas
con las delicias, vivas, del pasado,
invitándome.
Me dices desde allá
que hagamos lo que quiero
-unirnos- al pensarte,
y entramos por el beso que me abres,
y pensamos en ti, los dos, yo solo
.

 

A partir del 40 y hasta su muerte en el 51, Salinas abandonó el tema amoroso por la realidad del entorno: extensos poemas sobre el mar o sobre la bomba atómica.

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El propio Salinas definía la poesía como una búsqueda de la realidad, “una aventura hacia lo absoluto. Se llega más o menos cerca, se recorre más o menos camino: eso es todo” y también cuando decía “Estimo en la poesía, sobre todo, la autenticidad. Luego, la belleza. Después, el ingenio”. De acuerdo con sus palabras se puede considerar a Salinas como un poeta conceptual.
Siempre nos quedará su trilogía sobre el amor como una de las cumbres de la literatura romántica del siglo XX

 

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Traductor de Marcel Proust, Salinas contribuyó al conocimiento del autor francés en España. Justo es que adornemos este post con una música romàntica acorde a la época y que me gustaría pensar que inspiró a Salinas en sus poemas de amor, si bien Erik Satie compuso sus “Gnosiennes” aproximadamente cuando nacía el poeta en 1891.

 

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EL ASESINO

No era un fantasma quien surgió entre la niebla. Gritar y golpear la campana de bronce era lo único que Josephine podía hacer para advertir de su presencia. Hacía dos noches que el “Melbourne”, un velero de nueve metros con el que intentaba dar la vuelta al mundo en solitario, estaba varado en el paralelo 24, cerca de Key West.  Aquella luz roja que se precipitaba implacable sobre ella llevaba detrás una inmensa mole silenciosa y oscura.

Los tañidos desesperados apenas llegaban a su popa, se fundían con los jirones de bruma como la lluvia entre las olas. En un último intento, ya sin tiempo, Josephine disparó una bengala de luz iluminando la proa afilada del enorme buque. Entonces, justo entonces, antes del abordaje que la llevaría a la muerte pudo leer el nombre de su asesino.

Albert.

 

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Albert

LA GRABACIÓN

Apenas pudieron conciliar el sueño, tenían los nervios a flor de piel. Intentaron dormir en la furgoneta con la que habían llegado hasta allí y que tenían aparcada en la plaza de la fuente. Dando vueltas interminables sobre las colchonetas iban contando las horas por las campanadas del reloj de la plaza de la iglesia. Cuando sonaron las tres se pusieron en acción.

 

Alfonso y Julián habían decidido filmar un corto como ejercicio de final de curso. Estaban considerados los alumnos más dotados de la promoción 2007/2008 de la Escuela de Medios Audiovisuales de Madrid. Habían fundado una productora de documentales, a la que llamaron Helios Productions, con un préstamo del padre de Julián. Con el importe del premio en metálico que habían conseguido el año anterior, gracias a un documental muy elaborado sobre la prostitución en las carreteras cercanas a la capital, habían podido adquirir los sofisticados aparatos de alta resolución digital con infrarrojos de que disponían.

El corto no tenía guión. Poseían información de que entre las ruinas de Belchite, el pueblo mártir de la guerra civil cercano a Zaragoza, por las noches se escuchaban y se veían cosas. Julián era muy escéptico sobre temas esotéricos, sobre espíritus, ectoplasmas y demás, pero Alfonso había insistido porque él sí que creía en la otra vida y había participado en la grabación de unas psicofonías en un cementerio malagueño que le pusieron los pelos de punta.

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A la hora prevista abandonaron la furgoneta y empezaron a caminar en dirección al pueblo viejo, a la zona destruida. Enseguida pasaron bajo la puerta que enmarca el Arco de la Villa y enfilaron la calle Mayor. Alfonso llevaba la filmadora al hombro y Julián, detrás, cargaba con la batería y una grabadora de sonidos. La luz infrarroja brotaba de un foco acoplado a la máquina. La luna llena brillaba potente en lo alto, pero por el sur se veía avanzar un enorme nubarrón que amenazaba con taparla en unos minutos. Siguieron caminando a lo largo de la calle sin encontrar nada destacable. Filmaron los restos de muros de las casas a ambos lados de la calle, los balcones como ojos sin vida que dejaban ver el cielo a su través, las barandas retorcidas y los cascotes… siempre los cascotes, mezclados con vigas destrozadas y cubriendo el interior de las casas sin techumbre. Algo cambió en el escéptico Julián cuando se dio cuenta de que las ruinas y los cascotes que llenaban el interior de las antiguas casas podían…, no, debían estar cubriendo cuerpos sin vida desde hacía muchos años. No se le había ocurrido pensar que nadie había levantado aquello y  nada permitía asegurar que allí no quedaba ningún resto humano. En una de las casas más entera se podía adivinar entre los restos de la techumbre, el principio de una escalera que se hundía en un posible sótano. ¿Y si alguien no había huido y se quedó allí esperando un milagro?  Aquel pensamiento le dejó perplejo. Se imaginaba una familia bajando aquella escalera y ocultándose en un oscuro sótano, niños, padres, abuelos, escuchando el estruendo de las bombas que arrasaban su hogar. Aquello no era como se lo había imaginado, las fotografías no hacían justicia a aquel horror.

Atravesaron la antigua plaza donde aún se veían los restos de la fuente de agua potable y un poco más lejos la enorme cruz metálica que de noche reflejaba, satinada, la luz procedente de la luna.

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Diez minutos después llegaron al final de la calle y entraron en la Iglesia de San Martín, con la silueta del campanario martirizado por la metralla que reconocieron como la más emblemática del pueblo fantasmal. En el mismo momento en que atravesaban el herido dintel, la luna se ocultó tras la nube que acechaba implacable. La única luz que tenían era la de unas pequeñas linternas y la que emanaba del foco de infrarrojos. Del monitor de la filmadora también surgía una luz espectral que erizó el vello de Alfonso al girarse y ver iluminada la cara de Julián como si se tratase de una fantasma rojizo y solarizado. La sonrisa que vio en el rostro de su compañero no consiguió  tranquilizarle y notó que comenzaba a temblarle la mano que sostenía la máquina. Entraron muy despacio y llegaron hasta el fondo de la iglesia. Sin saber por qué, hablaban en susurros como si se estuviera oficiando una misa solemne. En el lugar donde se hallaría el ábside se detuvieron y pararon la filmación, aunque la grabadora seguía funcionando. Necesitaban un momento de reflexión.

–¿Por qué respiras así? –preguntó Julián, en un susurro, iluminando la cara de su compañero con la linterna.

–¿Yo? ¿Que por qué…? Yo respiro normal. Eres tú el que… –respondió Alfonso, alarmado y elevando un poco el tono de voz.

–¡Calla, calla! ¿No oyes esa respiración? Parece un enfermo o un agonizante. Pon en marcha la filmadora y enfoca hacia allí –dijo Julián señalando con el haz de la linterna una nave lateral.

Las manos le temblaban tanto que Alfonso tuvo dificultades para localizar los botones de encendido de la filmadora y el foco de luz infrarroja. Finalmente lo consiguió, dirigiendo el objetivo hacia el lugar que le había indicado su compañero. Allí no había nada. El viento del sur, cálido, soplaba suavemente, pero unas matas que parecían malvas y que tomaban una extraña coloración rojiza se balanceaban violentamente como si estuvieran luchando contra un vendaval.

 

–¿Y… ese ruido… otra vez? Pero es en el otro lado. ¡Alguien llora o… sufre! Alfonso… ¡Alfonso! ¡Contéstame, Alfonso!

Julián tiró al suelo de la iglesia la batería y la grabadora y corrió hacia la salida tropezando con las piedras y los matorrales. Al llegar al exterior se detuvo con el corazón desbocado. La luna iluminaba el lugar a través de un desgarrón en la enorme nube. Le entraron ganas de llorar. Estaba muy asustado y para colmo había perdido de vista a Alfonso. Solo el pensar en entrar de nuevo en la iglesia de San Martín le provocaba náuseas. No sabía qué hacer, se imaginaba a su compañero atrapado por algo sin nombre. Al cabo de unos minutos, ya más calmado, se levantó y se dirigió de nuevo a la iglesia de San Martín, pero en lugar de entrar por la puerta principal siguió por la calle lateral. Al llegar a la altura de una de las ventanas que daban al ábside, se armó de valor y miró hacia el interior. La luna todavía iluminaba lo suficiente como para ver en el suelo de la iglesia la batería, la grabadora y la filmadora que había llevado Alfonso. Todo estaba conectado con los pilotos emitiendo luz. A él no se le veía. Sin saber de dónde, sacó fuerzas y saltó por la ventana al interior. Recogió todos los aparatos y se preparó para salir por la misma ventana. Antes de saltar aguzó el oído, escuchando, pero no oyó nada. Miró a las malvas, que ya no se movían. Dio un vistazo a la luna, le pareció que estaba a punto de ocultarse de nuevo y entonces se apresuró a salir de aquel lugar.

Después de saltar por la ventana, Julián se quedó sentado en el suelo, de cara al edificio contiguo a la iglesia de San Martín. Lo identificó como el convento de San Rafael y recordó que, por lo que constaba en la información que recogieron al preparar la expedición, se trataba de uno de los lugares más peligrosos, ya que sus paredes amenazaban ruina inminente. Habían decidido que en el convento de San Rafael no iban a entrar en ningún caso. Mientras Julián reflexionaba sobre ello y miraba a través del dintel apuntalado por unas enormes vigas, le pareció ver la luz de una linterna que se movía entre las vigas derrumbadas. Tragó saliva y soltó un taco, pero se levantó, dejando en el suelo todo el material. Se acercó a la puerta del convento intentando ver el interior. La luna se ocultó de nuevo y la oscuridad le atrapó. Dirigiéndose hacia el lugar donde le había parecido ver la luz se puso a gritar

–¡Alfonso! ¡Alfonso! ¿Eres tú, Alfonso? ¡Alfonso, contéstame!

Nadie le respondió y Julián, iluminando con la linterna hacia los restos de una nave lateral, se esforzó por ver algo. De pronto, escuchó muy lejano el ruido de unos motores que le recordaron a los aviones de hélice que había visto años atrás en una exhibición en la Montaña del Príncipe Pío. El ruido se acercaba lentamente cuando, al insistir con la luz de la linterna, al lado de la pared, bajo los restos de una hornacina, vio una figura. Se le heló la sangre en el acto. Parecía un niño arrodillado que rezaba de cara a la pared. Iba vestido de monaguillo y llevaba en la mano derecha una palmatoria con una vela apagada que, sin embargo, dejaba escapar una estela de humo que pudo seguir a la luz de su linterna. Cuando el ruido de los aviones se aproximó empezaron a sonar unas campanadas con el toque de difuntos. Él se dio cuenta, por la dirección del sonido, de que no procedían del pueblo nuevo, sino del otro lado. Venían claramente de la Torre de las Horas, y él sabía que allí no quedaba ninguna campana.  Julián se derrumbó, abandonó todo y salió huyendo de los lamentos, de las campanadas y del humo de velas apagadas. El viento del sur parecía empujarle inexorablemente.

A la mañana siguiente, un grupo de antiguos combatientes que periódicamente acudían a aquel lugar para rememorar antiguas historias, lo encontraron en el suelo con una expresión de terror en los ojos y la boca abierta en un grito mudo interminable.

A Alfonso lo descubrieron al anochecer en lo alto del campanario del Convento de San Agustín. Nadie pudo explicarse cómo había llegado hasta allí. La escalera de madera por la que hubiera debido ascender estaba tan carcomida que no habría soportado el peso de un gato. Él no pudo explicar nada, ya que había perdido completamente la razón.

Después del funeral de Julián, su padre reclamó al juez todo el material grabado aquella noche. Lo que le entregaron no era visible, un extraño halo rojo cubría toda la filmación. En la grabación de audio solo se percibía un extraño martilleo.

Albert.

 

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Albert·cine y literatura

CINE Y LITERATURA: “TRAUMNOVELLE”

.Cuando en 1926, el médico austriaco Arthur Schnitzler publicó una pequeña novela llamada “Traumnovelle” (en castellano “Relato soñado”), no podía imaginar que 73 años después, en 1999, un director de cine norteamericano, llamado Stanley Kubrick, la llevaría a la pantalla para crear su obra más personal y más significativa y a la que tituló como “Eyes wide shut” que significa algo parecido a “ojos bien cerrados”. Fue su obra póstuma y también la más incomprendida.

Schnitzler había nacido en Viena en 1862 y era médico de profesión, siendo su vocación narrador y dramaturgo. Desde el punto de vista literario, es interesante hacer constar que fue uno de los primeros escritores en lengua alemana en utilizar el monólogo interior. En su obra tienen peso algunos conceptos complejos y que estaban en boga en la Viena de principios del siglo XX: el erotismo, la psicología, la construcción de personajes y sobre todo las relaciones personales. Fue muy controvertido por tratar con dureza a la sociedad vienesa de su tiempo, al ejército y a la institución matrimonial. Su obra más universal fue una pieza teatral llamada “La ronda” que también fue llevada al cine por Max Ophüls en 1950.

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En 1999, Stanley Kubrick, estaba en la cima de su carrera cinematográfica, aunque contaba ya con 70 años. Tenía un gran prestigio después de trece películas, algunas de ellas consideradas entre las más influyentes en la cinematografía mundial. Por citar solo algunas: “Espartaco”, “Lolita”, “2001 Una odisea del espacio”, “La naranja mecánica” o la que comentamos en estas líneas “Eyes wide shut”.

 

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“Eyes wide shut” traslada la historia de Schnitzler de la Viena de los años veinte al Nueva York de finales de siglo y de milenio.
La interpretación que hace Kubrick y su guionista Frederic Raphael es sencillamente magistral. Describe los rasgos de los personajes mediante sugerencias en la planificación y con un empleo dramático de la fotografía, del color, la música y el decorado.

 

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El héroe de la película (interpretado por Tom Cruise), al igual que el de la novela, se lanza de forma más intuitiva que reflexiva a vivir una serie de experiencias sexuales que esconden una insatisfacción existencial. Acosado por el demonio de los celos después de la revelación de un deseo no consumado de su mujer (de ahí el título de “Relato soñado”) emprende una huida hacia delante que le llevará a un mundo extraño en el que no encaja y que tampoco comprende. Ni Kubrick ni tampoco Schnitzler sienten la menor compasión por su criatura, el cual a pesar de sus ansias de libertad, está prisionero de la tela de araña tejida a su alrededor por su vida cotidiana, la relación con su mujer y su posición social acomodada. Se encuentra perdido en un universo inseguro e inquietante. Tanto el libro como el film terminan con la liberación del protagonista después de sincerarse con su esposa y después de aceptar, los dos, la verdadera realidad de su relación de conveniencia dentro del marco de su statu quo y que se resume en el plano final de la película de Kubrick en ese explícito “fuck” que pronuncia la protagonista (interpretada espléndidamente por Nicole Kidman), de hecho es lo único que tienen en común. “Fuck”

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Escena de la confesión del sueño que ha generado el conflicto matrimonial (en los subtítulos se traduce “fuck” como “coger”)

 

Escenas de la película con el Vals número 2 de Shostakovich que forma parte de la inolvidable banda sonora.