Albert·cuento

KATA TON DAIMONA EAYTOY

– Señoras, señores, les pido disculpas. El concierto debe suspenderse en este momento. Por causas que ignoramos, la solista, la señorita Eva Zilahy, se encuentra en paradero desconocido.

El rumor se hizo más evidente. El mensajero murmuró unas excusas incoherentes que apenas escuchó nadie y salió del escenario con pasos precipitados.

En aquel mismo momento Eva Zilahy corría sin parar por las calles de París. Con una mano se subía el borde del vestido verde para evitar un tropiezo y en la otra, arrugado dentro del puño apretado, llevaba un papel escrito. Las lágrimas apenas le permitían ver donde pisaba. En aquel papel había leído una sola frase escrita con letras mayúsculas, grandes e irregulares: KATA TON DAIMONA EAYTOY.

 

KATA TON DAIMONA EAYTOY  escribió Jim con un lapicero en una de las servilletas de papel que había sobre la mesa de mármol. Estaban sentados tomando un pastis con las manos entrelazadas “Si algún día te llega un papel con esto escrito, sabrás que me he suicidado” le dijo en un susurro al oído “y además quiero que se puedan leer estas mismas palabras en mi tumba”.

Los ojos de Eva se llenaron de lágrimas. Miró a su alrededor por si alguien había escuchado. Había poca gente en aquel bar del Boulevard Sant Germain a esa hora de la madrugada: un par de mujeres en la barra, un tipo haciendo un solitario y al fondo una pareja mayor mirando al vacío. Eva se tranquilizó, nadie prestaba atención a las palabras de Jim y a su llanto. “Cheims, no digas estas cosas. Me haces llorar” él le pasó los dedos por la mejilla. “No llores Eva, las cosas son así” sonrió. “Y me llamo James, no Cheims… aunque todos me llaman Jim… todos menos tú” “¿Chim?… no me gusta Chim… prefiero Cheims” restañándose una lágrima que le corría por la cara. “Vale, llámame como quieras… pero llámame” volvió a sonreír. Ella supo que no había visto una sonrisa tan dulce jamás “El 3 de julio tocaré a Fauré en la Salle Pleyel. ¿Vendrás?” “Claro que vendré. No podría no hacerlo… pero me has de prometer que no lloraras más esta noche”. Ella negó con la cabeza. “Si no quieres hacerme llorar no digas esas cosas tan… horribles” “De acuerdo, no te lo diré más, pero quiero que lo recuerdes…”.

 

“Este es el fin, bello amigo, este es el fin, mi único amigo, el fin de nuestros elaborados planes, el fin de todo lo que se tenga en pie, el fin sin seguridad o sorpresa, el fin. Yo nunca miraré dentro de tus ojos otra vez, puedes hacerte una idea de lo que será tan ilimitado y libre, desesperadamente necesitado de la mano de algún extraño en una tierra desesperada” recitó susurrando “¿Te gusta? Es el poema con el que empieza una de nuestras primeras canciones. Lo escribí yo”. “Es triste, Cheims, es muy triste. ¿Tú no puedes escribir poemas alegres?” “Me sale así… soy así”. La luz de un semáforo intermitente entraba por la ventana de la habitación y le daba a su mirada un reflejo demoníaco “Tú no eres así, Cheims…tú no eres así”. Eva apoyó la cabeza en su hombro desnudo y cogiéndole la mano la llevó a su pecho. “Tócame, tócame… no dejes de tocarme”. El, con las yemas de los dedos acariciaba su piel tibia mientras sus labios repetían como una letanía “este es el fin, bello amigo, este es el fin… el fin… el fin…”. Con un dedo selló su boca para no oír aquellas palabras que le dolían. “Sssshhhh… no digas nada más… solo tócame”. El semáforo se apagó. Por la ventana entró la luna blanca y transparente. Miró dentro de sus ojos otra vez.

Dominaba el espacio, el público lo adoraba y él lo sabía. Aquellos pantalones de cuero tan ceñidos y sus cabellos alborotados transportaban a Eva, olvidaba quién era, olvidaba dónde vivía y de dónde venía. Ese mes de junio del 71 había cambiado su vida. escuchar su voz, en el escenario,  gritando “Try to set the night on fire” le provocaba un extraño calor en el sexo y sus pezones se mantenían erectos todo el tiempo que duraba la canción. Al terminar, le vio saltar a la platea y sin fuerzas para oponerse, se encontró entre sus brazos detrás del escenario. Jim le dijo hasta tres veces “ Vamos a cabalgar en la tormenta” mientras la desnudaba “¿Dónde has estado todo este tiempo?” “¿No lo sabes? Esperándote” le dijo él apartándole el cabello de los ojos “Estaba esperándote”.

Era una noche fría de finales de mayo. El bar estaba cerca del Sena y para entrar había que bajar tres escalones. La adivinó en cuanto traspasó la puerta “Estoy seguro de no haber visto a esa chica jamás”. El interior era muy oscuro pero había luz suficiente como para apreciar la transparencia de aquella piel. “¿De dónde has salido tú?” Su risa alegre le iluminó la vida. “De Budapest” “Imposible… tú vienes del reino de las hadas” “¿Y tú? ¿De dónde has salido tú?” “Del infierno…pero ya no…ya no”. Salieron juntos a pisar las calles mojadas. El mundo, el tiempo y la luz ya no contaban. Sólo sus ojos. Había mirado dentro de sus ojos y se quedó para siempre.

Albert.
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