Albert·Música

SAINT SAËNS, UN MUSICO A RECORDAR

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Charles Camille Saint-Saëns fue un músico importante en su tiempo, muy importante y muy prolífico pero  a pesar de tener más de cuatrocientas composiciones, durante muchos años, el gran público difícilmente podría decir una obra de él. Si acaso “La danza macabra”, “El carnaval de los animales” y poco más.

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Representación de “La danza macabra”

Había nacido en París en octubre de 1835 y fue un niño prodigio. Empezó a tocar el piano a los dos años, pero no música infantil, tocaba música seleccionada de Haydn y Mozart. Antes de los cinco años ya había compuesto una pequeña pieza para piano cuya partitura se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia. El 6 de mayo de 1846 tocó en la importante Sala Pleyel de París acompañado por Théophile Tilmant, violinista y director de orquesta francés. Interpretando el Concierti en Do menor de Beethoven y el Concierto de piano núm 15 de Mozart, con una cadencia de su propia invención. Tenía 11 años.
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Decimos que poco conocido por que es así, a pesar de su ingente obra, Saint-Saëns compuso para la mayoría de los géneros musicales, en su haber constan trece óperas, cuatro sinfonías, música de cámara, música religiosa, poemas sinfónicos, conciertos para muchos instrumentos solistas e incluso música para el incipiente cine de su época (fue uno de los primeros compositores que creó música para el cine. La música que acompaña al film silente de 1908  “El asesinato del Duque de Guisa” es de Saint-Saëns.

De todas las óperas que compuso solo hay una que formaría parte del catálogo de representaciones modernas y aun así, no con demasiada asiduidad: “Sansón y Dalila”
Paradójicamente, en vida, fue un compositor realmente importante y famoso formando parte activa de la renovación estilística de la música francesa que llevarían a la aparición de Debussy, Ravel o Fauré.


Desde el punto de vista moderno, su música es perfecta técnicamente pero se considera poco inspirada, lo cual también es paradójico si pensamos que, aunque ligada a la tradición clásica francesa: Gounod, Berlioz o Bizet, Saint-Saëns exploró formas musicales nuevas y formó parte integrante de la nueva música francesa. Esto se puede comprender si vemos que la evolución vital y musical de Saint-Saëns ocurrió durante unos años en los que la música, a nivel mundial, sufrió una evolución acelerada. Cuando él empezó su carrera, Chopin y Mendelssohn estaban en la cima y en sus últimos años tuvo que ver la explosión del jazz como música popular y Richard Strauss o Mahler en la música elitista. Un músico como él, que había sido digamos revolucionario, se convirtió en conservador y reaccionario.

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Hay dos definiciones aplicadas en su época, con referencia a su aportación a la música que explican perfectamente la visión que se tenía de Saint-Saëns:
el más grande compositor de segunda fila” o
“el más grande compositor privado de genio”

Su posición se encuentra en la frontera que separa a los compositores reconocidos por el gran público de los que son conocidos y valorados por los entendidos.

 

Saint Saëns fue un gran viajero, por la música y por placer visitó gran parte del mundo pero viviendo en París, el centro cultural y artístico del mundo durante el cambio de siglo tuvo ocasión de relacionarse con gran parte de la intelectualidad más relevante. Conoció personalmente a músicos ya consagrados como Liszt, Gounod, Berlioz o el propio Wagner y otros más jóvenes como Fauré, Ravel o Tchaikovsky. Artistas como Ingres, Sarah Bernhardt o Ana Pavlova entre otros gozaron de su amistad.

Saint Saëns falleció en Argel a los 86 años. Si bien su vocación era la música a la que se dedicó toda la vida, era un intelectual interesado en otras materias principalmente científicas, como la astronomía, las matemáticas, la geología y la botánica entre otras. También se interesó por la filosofía y las ciencias ocultas. Era un hijo de su tiempo.

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Saint Saëns motorizado a principios de siglo

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En su ópera “Sansón y Dalila”, estrenada en 1877, hay un aria que se podría considerar la más sensual de las que se encuentran en la operística francesa y quizás del conjunto de óperas del siglo XIX, es una de las más belles arias de la ópera francesa. En el video adjunto se puede disfrutar con la interpretación de la diva por excel·lència: Maria Callas en una grabación de 1961.

No os la perdáis, son seis minutos para volar.

 

 

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Albert·Poesía

LORD BYRON “POETA Y PERSONAJE”

Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen, ¡oh!, humedece su polvo con una lágrima

 

Así reza el epitafio en una tumba del cementerio de la Iglesia de Santa María Magdalena en Hucknall, localidad del condado inglés de Nottinghamshire. Allí descansan parte de los restos de uno de los poetas más importantes e influyentes del siglo XIX: el gran poeta romántico inglés George Gordon, conocido como Lord Byron, que había nacido en Londres en 1788 y falleció por enfermedad desconocida en Missolonghi (Grecia) a los 36 años. Tuvo gran influencia en los poetas de su tiempo y posteriores aunque fue muy controvertido en Inglaterra por su caracter rebelde. Abandonó su país a los 28 años para no volver en vida. Su corazón y sus pulmones se quedaron en Grecia y el resto del cuerpo regreso a Inglaterra pero no lo enterraron en el “Rincón de los Poetas” de Westminster por haber tenido una vida demasiado escandalosa para los parámetros sociales de la época.
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Y uno de sus poemas más famosos es el llamado

SO, WE’LL GO NO MORE A ROVING…

Se trata de un poema muy bello, de despedida y que aparece en dos de las obras cumbres de la ciencia ficción del siglo XX. Bradbury lo incluyó en sus “Crónicas marcianas” y lo mismo hizo John Wyndham en “El día de los trífidos”
La nostalgia se destila en todas y cada una de las palabras del poema.

“So, we’ll go no more a roving
So late into the night,
Though the heart be still as loving,
And the moon

For the sword outwears its sheath,
And the soul wears out the breast,
And the hearth must pause to breathe,
And love itself have rest. be still as bright.

Though the night was made for loving,
And the days return too soon,
Yet we’ll go no more a roving
By the light of the moon.”

 

Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.
Pues la espada gasta su vaina,
Y el alma desgasta el pecho,
Y el corazón debe detenerse a respirar,
Y aún el amor debe descansar.
Aunque la noche fue hecha para amar,
Y demasiado pronto vuelven los días,
Aún así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.

 

Joan Baez versionó el poema en una canción al estilo country.

 

 

La vida de Lord Byron fue corta e intensa. Vista con perspectiva podríamos decir que el personaje que él creó era lo más parecido a lo que en un futuro sería una estrella de la música popular. Baste esta circunstancia como ejemplo de su capacidad de crearse a si mismo: Byron tenía una deformidad genética, había nacido con el pie derecho patihendido, tenía los dedos girados hacia dentro, lo cual le generaba una cojera considerable. Durante la infancia aprendió a superarlo de forma que su cojera se transformó en un caminar excéntrico y distinguido.

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Byron llegó a ser una celebridad mundial. Bisexual, su imagen de héroe fascinaba al público. Aristócrata sin fortuna, pero muy crítico con la clase aristocrática de su país y rechazado por ello. Siempre apoyando causas perdidas, los desheredados, los marginados, los miserables, admirador de corsarios y cosacos. Apoyó a los españoles en la invasión napoleónica, pero también a los venezolanos en su lucha por la independencia de España. Luchó en su admirada Grecia por su independencia de Turquía y esa fue su última batalla ya que murió allí, en el asedio a Missolonghi.

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Como autor de poesía fue muy prolífico y entre sus obras destacan: Don Juan, Las peregrinaciones de Childe Harold, El corsario, Manfredo o la última A mis treinta y seis años. Su obra tuvo gran influencia en los autores románticos de su generación y posteriores principalmente por sus héroes o antihéroes cuyo carácter idealizado es al mismo tiempo defectuoso: apasionados y talentosos pero también críticos  con la sociedad como él mismo. En sus personajes abundan los que ostentan un carácter autodestructivo,  los rebeldes, los exiliados, los amores imposibles, los pasados tumultuosos y oscuros.

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La influencia de Lord Byron en la literatura ha sido y es enorme, autores como Poe, Goethe, Becquer o Pushkin encontraron inspiración en sus poemas y en sus personajes y no solo fueron literatos, también músicos como Mendelssohn, Schumann o Berlioz se inspiraron en Byron, existen más de cuarenta óperas relacionadas con su obra. Ya en el siglo siguiente, el cine encontró inspiración en Byron como personaje: Shelley, Remando al viento o Verano atormentado entre otras.

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Es interesante destacar el papel que tuvo Byron en la génesis de dos personajes de la literatura de terror que han sido y son de enorme trascendencia: Frankenstein y Drácula. En una tormentosa noche del verano de 1816, Byron estuvo residiendo en una villa alquilada en Suiza, la Villa Diodati y tenía como invitados a sus amigos Percy y Mary Shelley, y su médico personal el doctor Polidori. Esa noche lúgubre se retaron a escribir relatos de terror- Mary Shelley escribió Frankenstein y el doctor Polidori El vampiro, ambos inspirados en Byron. El camino que emprendieron los dos personajes esa noche ha sido y es muy largo llegando hasta nuestros días en perfecta salud.

 

Uno de los poemas románticos de Lord Byron

Camina bella, como la noche…


Camina bella, como la noche
De climas despejados y de cielos estrellados,
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día.

Una sombra de más, un rayo de menos,
Hubieran mermado la gracia inefable
Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
O ilumina suavemente su rostro,
Donde dulces pensamientos expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada.

Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
Y hablan de días vividos con felicidad.
Una mente en paz con todo,
¡Un corazón con inocente amor!

 

Albert·cuento

JIMMY

A Tom Sheppard le empezaban a picar los ojos. El sol se acababa de poner detrás de las colinas azules en el horizonte. La eterna cinta de la carretera 5 se desplegaba ante su Ford Mustang Shelby GT350 del 69. Tom era un enamorado de los coches de los años 60. Eran fiables y cómodos, gastaban demasiada gasolina porque habían estado concebidos en una época en que el combustible era barato. Con diez dólares podías llenar un depósito de setenta litros. Actualmente, con ese dinero no llegabas ni al McDonalds más cercano. Pero era un capricho al que no estaba dispuesto a renunciar. El picor de ojos era el aviso de que sería conveniente parar. Dormirse al volante era lo último que a Tom Sheppard le podía ocurrir.
Ya había decidido detenerse en el primer motel o gasolinera con bar que encontrara cuando, al superar un cambio de rasante, vio a pocos metros una figura humana erguida en la cuneta. Levantó el pie del acelerador y el Mustang disminuyó paulatinamente la velocidad hasta detenerse completamente junto al desconocido.
El hombre de la carretera se acercó agachándose para mirar por la ventanilla. La luz del día todavía era suficiente para distinguir las facciones del desconocido. Era una persona joven y su aspecto le resultaba vagamente familiar. Iba vestido como si fuera un vaquero, camisa a cuadros, chaleco de piel, jeans e incluso llevaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo atado en el cuello de color irreconocible.
– Me llamo, Jimmy. ¿Me puede llevar? Voy en dirección a Salinas
– OK. Suba. Aunque no le pueda llevar hasta Salinas, al menos le sacaré de este páramo –le dijo mientras le abría la puerta al cowboy
– Gracias amigo –respondió Jimmy mientras entraba en el coche y se sentaba en el asiento delantero
–Me llamo Tom –dijo el conductor mientras le alargaba la mano–, sea bienvenido a bordo.
Y poniendo la primera arrancó el Mustang a toda velocidad.
El recién llegado se arrellanó en su asiento con un suspiro y cerró los ojos echándose el sombrero hacia atrás.
Tom conectó la radio buscando alguna emisora de música country, enseguida encontró a Patsy Cline cantando Sweet dreams con su peculiar voz y empezó a silbar siguiendo la melodía.
– Pensaba parar a tomar algo – dijo Tom sin mirarle – Nos podemos tutear, ¿te parece?
– Claro, por supuesto, Tom. Para cuando quieras, yo te esperaré en el coche si no te importa, estoy reventado.
Tom le dirigió una mirada de soslayo, pensó que en ningún caso iba a dejar a aquel tipo dentro de su coche solo, pero no dijo nada. Decidió seguir conduciendo sin detenerse.
Al terminar la canción de Patsy Cline, empezaron las noticias de la noche y la cerró inmediatamente.
La oscuridad se iba haciendo cada vez más intensa. Tom empezó a dar vueltas intentando recordar de qué conocía a aquel tipo que estaba sentado a su lado. El rostro de aquella especie de cowboy trasnochado que, con los ojos cerrados, parecía dormir con la cabeza apoyada en el cristal de su ventana, le venía a la memoria una y otra vez pero no conseguía reconocerlo. No se había quitado el sombrero y éste se le había ladeado de forma ostensible. Pudo ver por el rabillo del ojo que tenía una cicatriz en la cabeza.
Tom siguió adelante por la carretera nacional 5, atravesó Santa Clarita y cuando llegó a la vista de Lost Hills se detuvo para orinar. Jimmy seguía durmiendo o al menos eso parecía. Su sombrero había regresado a su lugar natural ocultando la cicatriz. Tom no había conseguido reconocerlo. Le llamaba especialmente la atención el aspecto torturado de la mueca que siempre llevaba en la boca, se adivinaba que no era un chico feliz. Incluso con la serenidad en las facciones que el sueño procuraba normalmente, se veía un rictus de amargura en los labios y un ceño perpetuamente fruncido que daban la imagen de un ser en constante rebeldía con el mundo.
Al pasar por Lost Hills, el Ford giró hacia la izquierda cogiendo la carretera 46 en dirección a Paso Robles. Los ojos de Jimmy se abrieron de repente como si las luces de la ciudad le hubieran despertado, pero no daba la sensación de sorpresa habitual en estos casos.
–¿Donde estamos? – preguntó con voz inexpresiva – ¿Falta mucho para Cholame?
– ¿Cómo dices? Pero…¿No ibas a Salinas?
–No, yo no te he dicho que fuera a Salinas, te he dicho que iba en esa dirección, pero me quedo en Cholame
–¿En Cholame? Pero si allí no hay nada. Si son cuatro barracas en medio del desierto.
–Ya, pero es allí donde me quedo –insistió Jimmy
Tom no dijo nada más y continuó conduciendo el Mustang.
Al cabo de un rato Tom volvió a la carga intentando averiguar donde había visto aquella cara. Y preguntó:
– Oye Jimmy, tengo la impresión de haberte visto antes pero no sé donde. Es posible que tú y yo…
–No, no es posible –le interrumpió bruscamente para añadir suavizando el tono– ¿Vas mucho al cine tú?
– No, no mucho. No tengo tiempo y además no me gusta. Las pocas veces que he ido me he acabado durmiendo …pero ¡calla! ¿Tú trabajas en las películas? ¿Eres actor Jimmy?
–No, ya no. Lo fui pero ya no.
–Pero lo fuiste, entonces por eso me suena tu cara. ¿Actuaste en muchas películas?
–No, sólo en un par y además no tuvieron mucho éxito. Pero me gustó hacerlas, sí, me gustó trabajar en el cine –añadió mientras se quedaba pensativo y cerraba los ojos de nuevo.
Volvieron a quedarse en silencio mientras el Ford Mustang devoraba el espacio acercándose a la intersección con la carretera 41, la que se dirigía a Kettleman City.
Un fogonazo fue lo último que vio Tom antes de perder el sentido. Cuando se despertó, supo enseguida que estaba vivo pero no podía moverse. Se dio cuenta de que estaba en el interior de una ambulancia que circulaba a mucha velocidad y con la sirena sonando. Dos enfermeros estaban a su lado y conversaban sin darse cuenta de que Tom había abierto los ojos.
– Fíjate qué casualidad, en este mismo cruce, hoy hace cincuenta años se mató James Dean. Iba en un Ferrari o en un BMW, no sé, un coche europeo –decía el hombre de color, terminando de colgar la bolsa con el suero
– Si que es casualidad ¿estás seguro de que hace exactamente cincuenta años? –le preguntó su compañera mientras trataba de restañar la sangre que brotaba de una herida en el cuello
– Lo sé seguro, Holly, fue el 30 de septiembre del 55, eso sí, fue por la mañana pero el día es el mismo, solo que cincuenta años después.
– Es curioso que el conductor del Chevrolet no se haya hecho nada y éste por poco se mata. Y la culpa era del Chevy que giraba sin respetar el stop.
– Es que fue exactamente igual que aquella vez, ahora lo recuerdo, era un Porsche, un coche de carreras maldito, creo que Dean le llamaba little bastard o algo parecido.
– ¡Hey, Rory! este tipo esta despertando –dijo la enfermera, y añadió– suerte que iba solo. Si hubiera ido alguien con él no hubiera sobrevivido. El lado derecho ha quedado destrozado.
Tom intentó hablar pero no pudo, la mascarilla que cubría su boca no se lo permitía.
– Parece que intenta decirnos algo –apuntó Rory– ¿Le quitamos un momento el oxígeno a ver que dice?
– Ni hablar. Ni se te ocurra –dijo ella
– Jimmy, Jimmy, buscad a Jimmy –decía Tom esforzándose al máximo para gritar
– Parece que llama a su hijo. A un tal Jimmy. A ver intenta tú…Déjalo, se ha desmayado. Pobre hombre, está destrozado pero creo que saldrá de esta. Mira, Rory, ya hemos llegado. Cuidado con los tubos que se están liando.

Albert.

Albert·Cine

Vive como si fueras a morir hoy

“Sueña como si fueras a vivir para siempre. Vive como si fueras a morir hoy”  James Dean

James Dean se convirtió en un mito del cine cuando falleció en 1955 en un accidente de automóvil a los veinticuatro años. Había nacido en febrero del 31.
Con solo tres películas (Rebelde sin causa, Al este del Edén y Gigante) y sobre todo con su forma de ser se ganó la fama de joven rebelde, tosco, introvertido y apasionado.
Su pasión era el teatro y la velocidad. El desarrollo de su vida profesional fue fulgurante, en 1952 actuaba en pequeños papeles de cine y en papeles más importantes en el teatro. En 1953 actuó en Broadway en “The immoralist” con buenas críticas y en 1954 ya era uno de los protagonistas de “Al este del Edén” y enseguida protagonista principal en “Rebelde sin causa”. En el 55 rodó su película postrera “Gigante”. Por su actuación en las dos últimes fue nominado al Oscar y en el caso de “Gigante” a título póstumo.

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Se compró un coche muy veloz, un Porsche Spyder 550 al que bautizó como “Little Bastard” y con el que se estrelló en una carretera recta cerca del pueblo de Cholame, en California. En un principio parecía un accidente y nada más, pero muy pronto aparecieron sospechas de que en realidad se trató de un suicidio planificado. Detalles como visitas sistemáticas a sus amigos vestido de oscuro, color absolutamente inusual en Dean, dejar a su gato a su amiga Elizabeth Taylor para que lo cuidara,  su visceral rechazo al anuncio de que su novia, Pier Angeli, le dejaba para casarse con otro y, sobretodo, el hecho de que en el accidente no intentara evitar la colisión ni frenando ni esquivando, teniendo en cuenta que Dean era un conductor muy experimentado en carreras de velocidad. Por otra parte su estado mental estaba siempre alterado, posiblemente como consecuencia de una sèrie de abusos sexuales sufridos en su infancia por parte del pastor de su Iglesia. Esta información se supo muchos años después de su muerte.

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En la actualidad, Dean es un icono por su forma experimental de enfrentarse con la vida, incluso con su sexualidad. Quizás como consecuencia de las agresiones sufridas durante su infancia, la sexualidad de Dean no era clara. Al parecer, Dean era bisexual se le atribuyen romances con hombres, Marlon Brando podría haber sido uno de ellos, pero también con su novia Pier Angeli. Hay quien dice que se trataba de un espíritu curioso y con ansias de experimentar, tanto en su vida como en su carrera profesional.

Hay una frase muy conocida que coincide con lo que fue Dean: “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Curiosamente es una frase que se le atribuye a él cuando en realidad pertenece a la película “Llamad a cualquier Puerta” de Nicholas Ray,

 

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En el año 1954, al mismo tiempo que James Dean actuaba en “Gigante”, Bill Haley and his Comets grababa “Rock around the clock” uno de los orígenes de la música que dominaría en los años venideros: el “Rock and Roll”

 

 

Albert·Fotografía

EUGÈNE ATGET Y SU FOTOGRAFIA SURREALISTA “AVANT LA LETTRE”

“Casi siempre, Atget pasó por alto “las grandes vistas y los llamados monumentos característicos”, pero nunca pasó por alto una larga hilera de hormas para zapatos, ni los patios interiores de París, donde desde la noche hasta la mañana reposan apretadas filas de carretillas, ni las mesas todavía tendidas, con sus vajillas desordenadas, como hay cientos de miles a esa mism hora, ni el burdel de cierta calle donde el gigantesco Nº 5 aparece en cuatro lugares distintos de la fachada. Sin embargo, es remarcable que casi todas esas imágenes aparezcan vacías. Vacías las fortificaciones de la Porte d’Arcueil, vacías las fastuosas escaleras, vacíos los patios, vacías las terrazas de los cafés (…) No solo aparecen solitarios, sino también carentes de atmósfera, como si fueran un alojamiento que todavía no encontró un nuevo inquilino. En sus obras, la fotografía surrealista prepara ese saludable movimiento por el cual el hombre y el mundo que lo rodea se convierten en entidades extrañas. Ellas dejan campo abierto para la mirada políticamente educada, donde todas las intimidades ceden lugar al esclarecimiento del detalle”

Extracto de la obra de Walter Benjamin “Pequeña historia de la fotografía”, 1931

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En la portada de la revista “La révolution surréaliste” correspondiente al número 7, publicado en junio de 1926, aparece una curiosa fotografía: “el eclipse” tomada por Eugène Atget en abril de 1912 a la que los editores rebautizaron con un inquietante título muy surrealista:  “Las últimas conversiones” .

 

 

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“La révolution surréaliste”  fue la revista más celebre y fundamental del movimiento surrealista que nació en París en los años 20 del siglo pasado. A lo largo de doce números (el último apareció en 1929), en sus páginas, se desarrollaron los grandes temas surrealistas que tanto iban a influir en las literatura y las artes plásticas en los años siguientes. Intelectuales como Bretón, Queneau, Michel Leiris y también De Chiirico, Man Ray o Max Ernst aparecieron en sus páginas, con sus escritos, sus dibujos o sus opiniones para remover los cimientos de la cultura institucional.

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Eugène Atget no formaba parte del movimiento surrealista, era de una generación anterior, había nacido en Libourne en febrero de 1857 y falleció en 1927, sin saber que sus fotografías iban a ser muy valoradas, en un primer momento por los surrealistas y con el tiempo por el mundo artístico en general, siendo considerado como uno de los más grandes fotógrafos de todos los tiempos.

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Para Atget, la fotografía empezó a ser importante a partir de 1898, cuando tenía cuarenta años. Hasta ese momento, había sido pintor y fotógrafo de modelos para pintores. Fue en ese año que la vida de Atget sufrió un cambio de objetivos muy significativo, pasó de fotografiar modelos a fotografiar espacios, concretamente espacios parisinos.  Atget  es conocido y valorado por sus colecciones de fotos sobre el París del cambio de siglo. “Le vieux Paris”, “Les petits métiers”, “L’Art dans le vieux Paris”, esta última acerca de la arquitectura parisina y también transponiendo los límites de las fachadas y entrando en los detalles: escaleras, puertas, patios interiores, incluso molduras, aldabones y adornos característicos de una ciudad que estaba cambiando a gran velocidad. Gracias a sus fotografías nos podemos hacer una idea muy clara de cómo era el París de aquellos años anteriores a la Primera Guerra Mundial e inmediatamente posteriores.

 

 

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Paralelamente a las grandes colecciones básicas, Atget, tomaba fotografías temáticas que constituían un complemento, como los álbumes sobre parques, sobre establecimientos emblemáticos (bares y cabarets), sobre prostíbulos y también amplió su radio de acción con el extrarradio de la ciudad y con localidades relativamente cercanas a la capital como Gentilly, Sceaux, Pontoise  y otras.

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Durante su vida profesional, Atget trabajó siempre con un equipo simple, un modelo antiguo de cámara de cajón, construido en madera y utilizando negativos en placa de vidrio de 18×24 cms. de baja sensibilidad lo que le obligaba a llevar un trípode muy estable. Ese equipo pesaba cerca de 20 kilos y lo llevaba siempre encima explorando a pie las calles de París o sirviéndose del metro para recorridos largos. Hemos de considerar que estamos en un segundo paso en la existencia de la fotografía. El primer daguerrotipo data de 1839 y las placas secas de gelatino-bromuro se inventaron en 1888.

Atget nunca fue un perfeccionista, su interés era más comercial que artístico, su finalidad era vivir de la venta de sus fotografías no crear obras maestras. No obstante, el hecho de entrar en la fotografía sin pautas preconcebidas le permitió aproximarse  a las cosas con la mirada virgen y descubrir como si fuera algo completamente nuevo la plasticidad de la imagen fotográfica. El aspecto movido de muchas de sus fotografías, consecuencia de los largos tiempos de exposición, y esa apariencia borrosa que hace que los objetos y las personas parezcan flotar misteriosamente en el espacio, no menoscaban la calidad de las fotografías, sino al contrario.

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Eugène Atget tomó miles de fotografías en los treinta años que duró su actividad fotográfica, y durante todos estos años vivía de su venta a diferentes organismos y museos de la ciudad.

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En sus dos últimos años, aparecieron en su vida tres artistas de la fotografía norteamericanos, Julien Levy, Man Ray y Berenice Abbott que contribuyeron al lanzamiento mundial de Atget, si bien él ya no pudo gozar de su éxito. Especialmente Berenice Abbott que adquirió 1.300 de sus fotografías cuando ya estaba Atget fallecido y emprendió una cruzada personal para reivindicar la obra de Atget, obra a la que llamaba “el realismo sin adornos” y, no solo eso, sino que también cambió su trayectoria profesional imitando a Atget en el tratamiento de su ciudad: Nueva York, tal como comenté en el post dedicado a Berenice del mes pasado.

Actualmente, Atget es considerado como  uno de los pioneros fotográficos más valorados a la altura de Edward Steichen o Alfred Stieglitz.

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Albert·cuento

LA FOTO DE GRUPO

Era consciente de que el sueño se estaba apoderando de mí pero aún tuve tiempo de ver cómo la flecha que Paris lanzaba se clavaba profundamente en el talón de Aquiles, , con todo el odio y la rabia que podía transmitir Orlando Bloom, y también vi la mirada líquida de Brad Pitt destilando sorpresa y resignación. El rostro agradable de Aurora y los ojos oscuros de Aquiles Papadopoulos el Aquiles de verdad, entraban y salían de mi memoria, en aquellos instantes en que la consciencia está al borde de la oscuridad.

Aurora era una buena amiga. La conocí una noche de verano dos años atrás. Hacía mucho calor y Carlos, mi compañero entonces, me propuso ir a un cine al aire libre. Fue allí, en los fosos de Montjuich, al terminar la proyección de La joven de la perla, donde la vi por primera vez. Ella estaba con dos amigas, de las que no recuerdo sus nombres. Había compartido rellano con Carlos, cuando él vivía con sus padres en un piso de la calle Bailén. Aquella noche fuimos todos juntos a  “El ascensor”, un pub cerca de la catedral. Aurora y yo, sin una causa concreta, congeniamos y, desde entonces, nos hemos ido viendo esporádicamente, al margen de que mi historia con Carlos terminara con llanto y crujir de dientes. Mi relación con Aurora es solo amistosa y consiste en salir alguna tarde, generalmente al cine o a una exposición y a tomar una copa o, a veces, como cuando éramos adolescentes, paseamos devorando un bocadillo de frankfurt por las callejas del barrio gótico.

 

Aurora vive sola en un piso pequeño pero muy agradable. Está en la misma esquina de la Gran Vía con Aribau, justo encima de donde había estado una famosa horchatería, creo que se llamaba “La Jijonenca” o “La Valenciana”. Las ventanas dan a la Universidad y a la plaza. A media tarde estaba frente a su casa. Habíamos quedado en ir al Renoir Floridablanca para ver Scoop  –Aurora es una gran admiradora de Woody Allen–, pero, al parecer, en el último momento había decidido quedarse en casa. No obstante, cuando me llamó para cancelar la cita había insistido en que nos viéramos y me invitó a un té verde con galletas.

Mientras ella preparaba el té verde aproveché para husmear por las estanterías. Me sorprendieron algunos de los títulos de los libros que allí descansaban y me asaltó la sospecha de que, quizás, no conociera a Aurora tan bien como creía. El desorden temático era considerable, libros de autoayuda se mezclaban con novelas históricas y, lo más sorprendente, la filosofía era el tema estrella en aquellas estanterías. Me llamó la atención especialmente una hermosa crátera de volutas que destacaba en el centro del mueble. Aquiles daba muerte a  Héctor ante las puertas de Troya sobre el fondo negro de la cerámica.

–Hace días que estoy archivando fotos y recuerdos de viajes– me dijo desde la cocina.

–Yo soy un desastre. Lo tengo todo en cajas.

–Justamente éstas que hay en la mesa son de uno de los viajes que me dejaron mejor recuerdo. A Grecia.

–¿A Grecia? ¿Cuándo fuiste tú a Grecia?

–En junio de hace… ¿tres?… sí, tres años. Un viaje organizado –me quedé inmóvil, dejé en su sitio un ejemplar de A la felicidad por el zen y, aparentando desinterés añadí:

–¡Qué casualidad! Yo también estuve en Grecia hace tres años.

Aurora sacó la cabeza por el dintel de la puerta de la cocina y se me quedó mirando con curiosidad. Luego se acercó a la mesa al tiempo que decía:

–Bueno, no creo que fuera en el mismo viaje, mucha gente va a Grecia, estuvo muy de moda por entonces. Mira, esta foto es la del grupo completo, había gente de Barcelona y algunos vascos. Este de aquí era un griego muy guapo que nos hacía de chofer y guía. Se llamaba Aquiles Papa… nosequé. Y ¿sabes? Me lo ligué… bueno, mejor… estuve a punto de ligármelo. De hecho me asusté y la última noche del viaje, después de haber aceptado su invitación, al final no me atreví y le dije que estaba enferma. ¡No sabes la de veces que me he arrepentido! –dijo, mientras volvía precipitadamente a la cocina al oír el silbido de la tetera. Poco después salió cargada con una bandeja negra llena de cosas que dejó sobre la mesa.

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Tragué saliva y no dije nada. Cogí una galleta de chocolate y me la puse en la boca. Había reconocido a Aquiles Papadopoulos, y a mí mismo en aquella foto. El de la camiseta azul de la segunda fila era yo, sin duda. Había coincidido con Aurora en el mismo viaje, solo que entonces no nos conocíamos todavía. “Aquiles Papadopoulos… ¡Menudo cabrón!”, pensé. Aún faltaba una última sorpresa. Aurora giró la foto y pude ver escrito a mano un poema:

»Como un hombre desde hace tiempo preparado

»saluda con valor a Atenas que se marcha.

»Y no te engañes, no digas

»que era un sueño, que tus oídos se confunden,

»quedan las súplicas y las lamentaciones para los cobardes,

»deja volar las vanas esperanzas,

»y como un hombre desde hace tiempo preparado,

»deliberadamente, con un orgullo y una resignación

»dignos de ti y de la ciudad

»asómate a la ventana abierta

»para beber más allá del desengaño,

»la última embriaguez de ese tropel divino,

»y saluda, saluda a Atenas que se marcha.

–Me lo escribió Aquiles cuando nos despedimos, me dijo que lo había compuesto para mí. Fue muy romántico –terminó con ojos soñadores.

Aurora, evidentemente, no había reparado en que yo tambien estaba alli, justo detrás de ella en la foto, en realidad era lógico, en las navidades del mismo año del viaje a Grecia, tuve una caida con desagradables consecuencias para mi barbilla y desde entonces llevo puesta mi famosa barba rizada. Repasamos unas cuantas fotografías más del viaje mientras tomábamos el té y las galletas. Al cabo de un rato y después de hablar de cosas intrascendentes, me despedí alegando una cena en casa de mis padres.

Ya en casa, me senté en el sillón pensativo. Esa tarde, tomando el té con una amiga, había cerrado de forma lamentable una de las historias más idealizadas de mi vida sentimental. Tres años después de aquel viaje, había comprendido que yo no había sido el amor imposible de un ser excepcional. Me había enterado de que, en Atenas, sólo fui  un plato de segunda mesa, el plan alternativo de un seductor aficionado, al que daba igual un hombre que una mujer. Un farsante que solo quería cumplir con el cupo que se había impuesto a sí mismo de una seducción, como mínimo, por cada grupo turístico al que guiaba por la Acrópolis y el cabo Sunion.

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Me parecía imposible haber caído en aquella trampa. Aquiles también había escrito en el dorso de mi fotografía de grupo el mismo  poema de Kavafis. Poema que yo reconocí al instante, así como el astuto cambio de Alejandría por Atenas, pero recuerdo que me lo tomé con benevolencia e incluso con placer y decidí no descubrirlo.

Me invadió un poso de melancolía. Preparé una cena fría con un vasito de vino blanco. No tenía ganas de leer y encendí la televisión. Pasando canales vi que en uno de ellos daban Troya con Brad Pitt en el papel de Aquiles, mientras que en otro, casualmente, pasaban La pasión turca. Me fue imposible reprimir una blasfemia silenciosa. Opté por Aquiles y sus mirmidones y en uno de los intervalos publicitarios saqué del cajón del escritorio la fotografía. Mi fotografía. Era la misma exactamente, allí estaba Aurora, con su vestido blanco y gafas de sol y en la última fila, con su polo negro, un sonriente y realmente atractivo Aquiles. Al dorso pude volver a leer:

 

»Como un hombre desde hace tiempo preparado

»saluda con valor a Atenas que se marcha.

»Y no te engañes, no digas

»que era un sueño, que tus oídos se confunden…

Cerré los ojos y me recliné en el respaldo del sillón, lentamente el sueño me venció justo cuando Aquiles mordía el polvo en la pantalla.

Tampoco me importó demasiado.

Albert.

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Albert·Fotografía

BERENICE ABBOTT O EL REALISMO SIN ADORNOS

A lo largo del siglo XX transcurrió la vida y obra de una de las artistas más influyentes en el arte fotográfico: Berenice Abbott.

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Nacida en 1898 en Springfield, una ciudad del estado norteamericano de Ohio, muy joven se inició en el arte al trasladarse al Greenwich Village de Nueva York que en aquellos años (década de los 20) estaba en plena efervescencia artística. En esos años todavía no había descubierto la fotografía como arte y estaba estudiando escultura mientras posaba como modelo para ganarse la vida. No fue hasta su traslado a París en 1921, con 23 años, cuando tuvo su bautizo fotográfico a través de Man Ray, consagrado fotógrafo americano que tenía estudio en París y le dio trabajo como ayudante y actuando como un pigmalión le enseñó los fundamentos del arte y la técnica fotográficos, al que Berenice se dedicó el resto de su vida con un éxito arrollador, primero en París donde retrató a la mayoría de los intelectuales que poblaban la bohemia de aquellos años en la ciudad-luz. Tuvo tanto éxito que eclipsó a su mentor montando un estudio propio financiado por la multimillonaria-mecenas-descubridora de talentos en bruto, Peggy Guggenheim.

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Peggy Guggenheim
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Jean Cocteau

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Djuna Barnes

 

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Janet Flanner

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue en París donde Berenice conoció la obra y la persona de un fotógrafo, prácticamente olvidado, pero de una enorme calidad y que fue para Berenice el descubrimiento de una clase de fotografía que la llevó a cambiar su estilo e incluso de lugar de trabajo. Cerró el estudio parisino y se lanzó a la aventura americana volviendo a Nueva York. El cambio en su estilo fue claramente influenciado por Eugène Atget, pues así se llamaba el pintor francés que provocó el terremoto estilístico.

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Eugène Atget fotografiado por Berenice

 

Atget murió poco después de ser conocido y fotografiado por Berenice, pero ella pudo adquirir una parte del fondo de negativos de la obra de Atget y se dedicó en cuerpo y alma a reivindicar el talento casi desconocido del francés y gracias a su esfuerzo hoy día Atget es reconocido como uno de los grandes de la fotografía de principios del siglo XX.

Desde el punto de vista estilístico, la obra de Atget estaba dirigida principalmente a preservar la memoria del París que estaba a punto de desaparecer bajo la piqueta de la modernidad. Ese fue precisamente el chispazo que provocó a Berenice un cambio total con respecto a la fotografía que había estado trabajando hasta entonces, ese chispazo le hizo volver a Nueva York en 1929 para hacer lo mismo que Atget había hecho en su París: preservar la memoria de los lugares que estaban a punto de desaparecer con los enormes cambios sociales y la construcción de una ciudad nueva que Berenice intuía que estaba ya en marcha.

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Vestíbulo de una estación del  metro de Nueva York

 

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Nueva York en construcción

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Bolsa de Nueva York
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Vestíbulo de la estación
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Nueva York de noche

Así fue que cambió los retratos por una magnífica colección de fotografías que muestran la realidad del Nueva York de aquellos años de la Gran Depresión y los posteriores hasta los inicios de la década de los 60.

“Realismo sin adorno” era la fotografía de Berenice en Nueva York igual que la de Atget en París.

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Escribir una leyenda
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Nueva York en los años 30 en vías de desaparición

 

Ya en los años 60, Berenice Abbott, se dedicó a la fotografía científica por un encargo del Instituto Tecnológico de Massachusets con la intención de publicar libros de enseñanza de física a los alumnos. Posteriormente, se dedicó a fotografiar los Estados Unidos, carreteras y pueblos pequeños alrededor de la cultura del automóvil que imperaba ya en el inmenso país.

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Fotografía científica de Berenice Abbott
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De la colección sobre la cultura del automóvil tomada en Daytona 

 

A partir de los años 70 obtuvo reconocimiento universal con multitud de exposiciones, principalmente en los Estados Unidos pero también en Europa, asimismo existe una importante cantidad de obra gráfica publicada.

Falleció en 1991, a los 93 años, en su casa de Monson, en el estado de Maine.

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Berenice Abbott en Maine en sus últimos años

 

Desde el punto de vista personal, fue una mujer muy activa, con gran personalidad y sin prejuicios. Vivió treinta años con su compañera sentimental desde 1935: Elizabeth McCausland, una crítica de arte a la que conoció en el Greenwich Village y en la que tuvo siempre un gran apoyo en los años en que desarrolló su obra principal

 

 

 

 

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Albert·Cine

¿INVENTÓ LOUIS LE PRINCE EL CINEMATÓGRAFO?

El día 14 de octubre de 1888, en el jardín de una antigua mansión inglesa, cerca de la ciudad de Leeds ocurrió un hecho singular y un tanto desconocido para el gran público que durante décadas ha llenado las salas cinematográficas disfrutando de la actividad lúdica más importante de los siglos XX y XXI.

Es del dominio público que el cinematógrafo lo inventaron los Hermanos Lumière en 1892, con la controversia de que Thomas Edison lo inventó en 1891. Es cierto que el cine, como lo hemos entendido durante todos estos años, es decir una representación de imágenes en movimiento proyectadas en una pantalla y con la presencia de espectadores después de pagar su entrada, es un invento de los Lumière. La invención de Edison, el llamado kinetoscopio, era muy diferente y no prosperó, básicamente porque el visionado era individual y no cumplía una de las características principales del cine tal como lo entendemos: el cine siempre ha sido una actividad social si bien la evolución del medio hace que volvamos al origen, a la invención de Edison, ya que hoy día, con la deserción de las grandes masas de las salas de proyección, se podría entender que todos tenemos un kinetoscopio en casa para el visionado individual en pantallas de televisión y de ordenador. No es exactamente así ya que sigue existiendo la posibilidad de ver cine en grupo más reducido, familiar y también se mantienen los grandes estrenos mundiales con multitudes expectantes. Aunque esta cuestión es suficientemente importante no es lo que queremos presentar hoy aquí.

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Primera filmadora de 16 lentes construida por Le Prince 
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Filmadora de una solo lente con la que Le Prince filmó sus películas

 

La primera vez que alguien consiguió filmar y proyectar imágenes en movimiento fue en la fecha indicada al principio. El 14 de Octubre de 1888 en el jardín de su casa familiar, un industrial francés llamado Louis Aimé Le Prince filmó el movimiento, una especie de danza de cuatro personas de su familia. Es una grabación minúscula, de tres segundos de duración pero tiene el mérito de ser la primera de la historia. Es la grabación conocida como “Roundhay Garden Scene”. Posteriormente, Le Prince filmó dos escenas más, “El puente de Leeds” rodada en el exterior y “El acordeón” una pequeña danza de su hijo Adolphe tocando ese instrumento en la misma mansión de Roundhay. Le Prince consiguió sus filmaciones con una cámara de una sola lente, evolución de su primera cámara de 16 lentes que no pudo desarrollar debido a su complejidad. Constituye prueba suficiente de la autenticidad de las fechas el hecho de que en la filmación del Roundhay Garden aparece la propia suegra de Leprince como uno de los personajes danzarines y consta su fallecimiento unos días despues de la filmación.
El motivo de que el éxito de su invento (cuatro años antes que el invento de los Lumière) no desarrollara una carrera competitiva con Edison y los Lumière, probablemente forma parte de la historia oculta del espionaje industrial. El 16 de setiembre de 1890, dos años después de la filmación, cuando Le Prince volvía de los Estados Unidos, cargado con los planos y un prototipo de su cámara, desapareció misteriosamente en el expreso de Marsella y antes de llegar a París. Nunca se volvió a saber de él ni del material que llevaba consigo. Había subido al tren en Dijón donde vivía su hermano y cuando el tren llegó a París, después de 300 kilómetros, Le Prince había desaparecido. Un año después Edison presentaba su kinetoscopio y al año siguiente los Lumière su cinematógrafo.

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Thomas Alba Edison, el inventpr americano
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El Kinetoscopio, el invento de Edison

El cine, como la mayoría de los inventos importantes, no fue obra de una sola persona, se materializó por el ingenio y el esfuerzo de varios inventores en diferentes países que, peldaño a peldaño fueron subiendo la escalera hasta que uno, en este caso, los Lumière llegaron al final. Este post es en homenaje a uno de los pioneros del cine, el primero que obtuvo imágenes en movimiento y que no tuvo el reconocimiento que merecía por causas que todavía hoy se desconocen.

 

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Tren filmado por los Lumière en la estación de La Ciotat. En uno parecido desapareció Le Prince entre Dijón y París.

Filmación de Le Prince, su propio hijo tocando un acordeón en Roundhay Garden.

 

 

Filmación de Le Prince. Imágenes del tráfico en el puente de Leeds.

 

 

 

 

 

 

Albert·cuento

UNA MALA ELECCIÓN

La había conseguido. Le costó una barbaridad pero por fin la tenía. El año anterior se había quedado con un palmo de narices. Lo intentó por Internet y fracasó, estuvo a un paso del ataque de nervios. Pero esta vez la tenía. No se lo podía creer. Una entrada para ver y oír al Boss en julio. En el Camp Nou. Iba a ser una pasada. Bien es cierto que tuvo que madrugar y pasar un frío tremendo, allí, en la Plaza de Catalunya, a la tres de la madrugada. No habían puesto ni las calles todavía. Pero había valido la pena. Mintió a su mujer. Ella no  entendería tanto sacrificio para oír a un tío berrear. Peor para ella. Es una religión. La secta del Boss.

 

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Oriol estaba realmente contento con su tesoro. Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue buscar un lugar seguro. No la podía llevar encima por si acaso le robaban la cartera. Le podían quitar la pasta o las tarjetas pero no la entrada, eso era sagrado. En casa pensó en un lugar en el que no hubiera la menor posibilidad de que su mujer la encontrara. No era un tema fácil. Su mujer, una obsesa del polvo, no soportaba polvo en los muebles y todo lo revolvía. Al fin dio con el escondite perfecto.  Decidió buscar un libro en el que su mujer no se fijara en ningún caso y poner la entrada en la página 187. El concierto iba a ser el 18 de julio y eso no podía olvidarlo. Pero ¿En cuál de los libros? Buscó entre los de la estantería superior y pronto lo tuvo claro. Una edición en rústica del Círculo de Lectores de El conde de Montecristo era el ideal. Se lo había regalado su hermano para San Jordi y su mujer lo había intentado leer dejándolo inmediatamente. Alegaba que la letra era muy pequeña, pero él sabía que el problema era el peso. Ella leía en la cama y los libros tan grandes le eran incómodos. Era el escondite perfecto.

El día del concierto, Oriol estaba exultante, estaba todo preparado. En el maletero del coche ya tenía la bolsa del tenis y dentro había colocado bien doblada la chupa de cuero, los vaqueros y las botas de media caña. La coartada era una cena con un cliente y a media tarde se dirigió a su casa para coger el coche y por supuesto la entrada. Cuando miró la estantería el corazón le dio un vuelco. El libro no estaba en su sitio. Se tomó unos segundos para que la voz no delatara su angustia:

  • ¡Cariño! ¿No sabrás por casualidad dónde está “El conde de Montecristo”? Es que me lo ha pedido un compañero y…
  • ¿Ese libro horrible? No, ni idea.
  • ¡Princesa! – dijo Oriol con la voz un tanto alterada- ¡Haz memoria! Ayer estaba aquí y yo no lo he tocado. Tienes que saber … No hay nadie más en esta casa –la voz ya era un gañido-
  • Ah! ¿Sabes que puede haber pasado? Mi hermana se va esta tarde a Manila y me ha pedido algo para leer en el avión. Es un viaje muy largo. Le he dicho que podía coger el que quisiera. Debe haber escogido… ese libro. Y vaya capricho porque con lo que pesa no se…

Oriol no la dejó terminar zarandeándole los hombros y completamente desencajado le gritó:

  • A qué hora… !A qué hora sale su avión! ¡Por Dios! A qué hora…
  • ¡Me haces daño, Oriol! ¿Qué te pasa? ¿A qué viene tanto alboroto por ese libro?
  • Cuándo sale tu hermana. ¡Joder, Marta! ¿A qué hora sale?
  • ¿Pero qué ocurre? No sé…A las siete… me parece que me ha dicho.

Oriol salió corriendo y su mujer se quedó frotándose los brazos con cara de no entender nada.

En el avión de Alitalia que salía puntualmente del Prat con destino Manila y escala en Roma, el marido de la hermana de Marta le dijo bajito y a la oreja:

– ¿Has visto a ese tipo que está corriendo por la pista? Se parece a tu cuñado ¿Quieres decir que no es Oriol? ¡Joder! Creo que intenta parar el avión ¡Está loco!

  • Pero, ¿Qué dices Paco? Si Oriol es un tío muy legal. ¿Cómo va a ser …? Oye,  pues ahora que lo dices,  sí que se le parece bastante, sí …

 

 

Albert

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Albert·Cine

“LA PUERTA DEL CIELO” UNA PELÍCULA MALDITA

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En el Hollywood de los años 70, se había afianzado un sistema de producción en el que primaban los autores por encima de los productores. Era la época en la que realizadores como Coppola con “Apocalipsis Now”, Hal Ashby con “Shampoo” o Robert Altman con “Nashville” y “Popeye”, se excedían en los presupuestos sin importarles la relación coste-beneficio. “No molesten con facturas, el director está creando” era la frase que flotaba en el aire de la Meca del Cine antes de los 80.
No es casualidad que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca en el 81 para que todo cambiara.
Las productoras necesitaban recobrar el control de las películas quitándoselo a los directores-estrella que les estaban llevando a la ruina, bueno tampoco a la ruina, pero no producían los beneficios que el capital quería obtener y de paso tocaban temas comprometidos que al capital no le gustaba.

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Los padres de United Artists: Fairbanks, Pickford, Chaplin y Griffith

Una de las principales productoras era United Artists. Su origen se encontraba en la época anterior al sonoro, había sido fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W.Griffith con la intención de plantar cara a los grandes estudios de Hollywood. El camino de esta productora, un camino de éxito ya que era una de las principales desde la Edad de Oro del cine, se truncó violentamente con la película que comentamos aquí: “La puerta del cielo” de Michael Cimino. Se trata de una película que resultó ser muy cara, aunque nada comparado con las de años posteriores, no obstante el fracaso fue de tal magnitud que llevó a la ruina a la United Artists. Todo se confabuló en contra de ella, su coste, la baja recaudación, las críticas demoledoras a pesar de que se trata de un film excelente. La pel·lícula merece adjetivos de todo tipo: faraònica, monumental, épica, intimista, arriesgada, contestatària, comprometida y excesiva però también hermosa, de una belleza impactante, aunque la palabra que la describe mejor es maldita.

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Cimino era un director joven que había dado en el clavo con una película del año 78: “El cazador” con éxito de crítica y con grandes recaudaciones.
“La puerta del cielo” por el contrario naufragó, por las circunstancias comentadas pero probablemente también porque su fracaso le iba de perlas a la industria del cine, en general, e incluso a la sociedad norteamericana. Durante los años 60 y gran parte de los 70, el cine, aupado por las revoluciones culturales hippies le dio la manija a un grupo de directores que apostaban por el Arte en mayúscula, cuando el arte y la taquilla iban de la mano. Fue quizás la última época en la que el cine era arte. A partir de “La puerta del cielo” y su naufragio, los productores tuvieron las manos libres para la infantilización cinematográfica que todavía nos inunda.

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Michael Cimino en el rodaje

“La puerta del cielo” muestra la cara sucia del sueño americano tomando como argumento principal la plasmación en la pantalla de un oscuro episodio histórico de exterminio de emigrantes por parte de los grupos aposentados con el consentimiento de las instituciones. Se trataba de un argumento arriesgado que Hollywood no hubiera demonizado sólo un par de años antes, pero los ochenta ya había llegado y como hemos dicho, Reagan a punto de aparecer y con él un cambio considerable en la sociedad.

La película tenía todos los ingredientes para ser lo que es en realidad, una magnífica película que nació en un momento equivocado. La realización es exuberante pero excelente igual que las interpretaciones, la música, la fotografía, la decoración. Planos llenos de figurantes, lentas y largas secuencias construidas sobre música y bailes, cine en estado puro que se convierte en fracaso por razones que no son cinematográficas.

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“La puerta del cielo” fue la última y mejor gran película desmitificadora de un estilo de cine que ya no existe. Es importante recuperarla. Si no la habéis visto no os la perdáis.

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Estas dos secuencias musicales, sin palabras, están filmadas espléndidamente y dan una idea de la calidad lírica de las imágenes de Cimino.